domingo, 19 de mayo de 2019

Exhalar el último respiro en la pobreza, permitiendo que tus hijos vivan de tu apellido


Eugène Henri Paul Gauguin, nacido a mediados del S. XIX en París fue hijo de un periodista y nieto de una activista feminista y socialista muy famosa en su tiempo, Flora Tristán. En su familia se respiraba la cultura, educación y amor a la libertad e igualdad.

Hijo pues de esta familia socialista y expedicionaria que vivió por muchas partes del mundo desde su más tierna infancia, incluido el mágico Perú durante casi una década. Este hecho forjó en él un espíritu aventurero, explorador y libre que le llevó a alistarse en la Armada francesa cuando fue mayor de edad. No obstante, se cansó pronto (casi todos los artistas cambian mucho de oficio pues se aburren rápido repitiendo la misma actividad) y empezó a trabajar como agente de la Bolsa de París allá por el 1871. Tres años más tarde, según la película, conoció a un pintor y marchante de arte de reconocido prestigio en su momento, Camille Pissarro. Se hicieron íntimos amigos y gracias a este amigo se aficionó a la pintura impresionista. Decide entonces dejar su trabajo en la Bolsa de París, trabajo que le permitía vivir cómodamente junto a su mujer y sus cinco hijos (Pola, Aline, Clovis, Émile, Jean-René) en el centro de París, llevando una vida muy aburguesada, optando  por hacerse pintor y coleccionista de arte, convirtiendo al fin su afición en una profesión. Sin saber que esta elección le dirigiría irremediablemente a la más sórdida pobreza, en vida.

Gauguin comenzó a frecuentar la noche parisina y los cafés de París, rodeándose siempre de pintores, escritores, artistas y creativos como él. Todos compartían el sentimiento de soledad y desamparo del gobierno francés hacia ellos. Por ese entonces, al igual que sucede ahora, el arte no se valoraba como se merecía y no se era consciente de que son los artistas los verdaderos agentes de creación cultural de una sociedad.

Gauguin, poco a poco, lo pierde todo. Hasta que decide, fruto de un impulso y arrebato (de los muchos que le daban) viajar a Tahití e instalarse allí. Su pretensión era vivir de manera autosuficiente de la pesca, cultivo de la tierra e integrarse en la sociedad indígena tahitiana, ser uno más de ellos, para poder pintar sobre ello (lo que en el mundo del cine se conoce como el Sistema Stanislavski, para poder interpretar algo has de hacerlo tuyo viviéndolo en primera persona y en primera línea).

Bajo la influencia del pintor Émile Bernard, se alejó del impresionismo y adoptó un estilo menos naturalista, al que denominó sintetismo. Halló inspiración en el arte indígena, en los vitrales medievales y en los grabados japoneses; estos últimos los conoció a través de Vincent van Gogh en 1888, durante los dos meses que vivieron juntos en Arles, en el sur de Francia. Tras el altercado en el que Van Gogh intentó matarle, abandonó la ciudad.


Integrado por completo en la cultura maorí, conoció a un gran amor de su vida, mucho más joven que él, llamada Tahura. Quien se convirtió, junto a otras chicas de la aldea tahitiana, en musas de casi toda su creación artística en su época exótica. Es en esta época donde sus cuadros toman más fuerza expresiva y riqueza cromática. No obstante, de estar en la indigencia y de no tener ni para lienzos pues en muchos momentos de la película se aprecia como él gastaba todos los suministros de lienzos de la isla y tenía que hacérselos él mismo con telas de saco pintadas a mano y tablones.



Tahura, tal vez debido a la diferencia de edad, no logra ser feliz junto a Gauguin y escapa junto a un joven maorí de su aldea. Este hecho hundió terriblemente al pintor. Quien siguió pintando en la más absoluta pobreza y soledad hasta su muerte en 1903 en el pueblo de Atuana, isla de Dominica (islas Marquesas).

Sin embargo, pronto un marchante parisino descubre su legado artístico en la isla y se hace de oro vendiéndolo. Sus hijos y familia heredan esta fortuna y como bien decía él en vida cuando nadie le entendía y, borracho de whisky escocés, era rescatado en algún antro parisino: “¡Algún día mis hijos vivirán de mi apellido!”. Esto que tan claro tenía, termina por suceder, sólo que sus ojos jamás lo vieron pues tan sólo conocieron la tristeza de su soledad y la incomprensión de quienes le rodeaban.

Recomiendo que vean la película pues las emociones de Gauguin que se reflejan en ella sólo pueden ser captadas viéndola.