jueves, 27 de mayo de 2021

¡Tírame la pelota!

 Creo que no hay momento más feliz para mi perro y para mí que cuando jugamos juntos. Mak, Border Collie de seis años y medio, está en nuestra manada desde que tenía dos meses, justo el día en que cumplió dos meses lo trajimos a casa.

Aún recuerdo como si fuera ayer la primera vez que nos vimos en aquella azotea techada en Puertito de Güimar, sus dueños eran una familia amorosa que adoraban a su mamá, Dana, campeona de Tenerife de Agility. Mak vino el primero corriendo a mis piernas, yo eché un vistazo rápido a toda la manada, en un principio todos me parecían idénticos, pero poco a poco me fui dando cuenta de que cada uno era diferente. Mak era el más grande y gordito, también el que parecía ser el más cariñoso. Se me puso de pie apoyado en mi pierna y se estiró como pidiendo que lo cogiera mientras me lanzaba besitos (lametones) al aire. En cuanto lo cogí y acerqué a mi cara me comió la cara a besos, ¡jaja! ¡Qué cosa tan tierna! Le puse en el suelo y me arrodillé, todos vinieron revoltosos, pero Mak ya me había elegido, me puso la patita sobre la mano y me echó esa mirada Border Collie de la que no te puedes escapar y que te atrapa para siempre. ¡Este, es este el que nos llevaremos a casa! Agarré a Mak, le abracé, le besé y ya nunca más le solté. Hicimos que se despidiera de su Mamá y hermanitos y empezamos nuestra nueva vida juntos. 

Desde que era cachorro, adoraba dormirse apoyado en mi pie, al principio mi pie era casi de su tamaño, pero luego se ha convertido en más pequeño que su cabeza. 

Hemos pasado por varias mudanzas para acabar en el hogar donde empezó todo con él. Mi hijo, él y yo somos su manada principal, los otros miembros de la familia también, pero el apego está desarrollado con Nayar y conmigo, ¡su hermanito desde cachorro y su madre humana! Le entiendo con tan solo mirarnos y él a mí. Capta mis estados de ánimo y actúa en consecuencia. ¡Nunca he tenido un perro tan cariñoso y protector! Cuando salimos a la calle no tolera que nadie se me acerque físicamente (¡tiene una obsesión con esto!) y se muestra muy fiero si alguien se acerca demasiado, pasando en segundos de ser un adorable peluchito de 45 kilos de peso a convertirse en un feroz lobo liderando y protegiendo su manada.

He tenido novios con quienes la convivencia ha sido imposible porque Mak no acababa de tragarlos y siempre que me despistaba amenazaba con morderles y les asustaba. Puestos a elegir…. ¡elegí, obviamente, a mi perro!

El tiempo de calidad que pasamos juntos en nuestras largas caminatas, en nuestros juegos con la pelota o escondiéndole el Hueso Kong (¡que tanto adora!) y que lo encuentre o, simplemente, caminando por la orilla de la playa mientras él se distrae jugando a perseguir el agua con el bamboleo de las olas es un tiempo mágico y sanador solo comparable al que pasaba con mi hijo jugando cuando era pequeño. Ahora mi hijo ya es un hombrecito, tiene su círculo de amistades y ya casi (como es normal) no quiere salir conmigo (salvo para ir al cine, ¡mi salvación!), estoy viviendo un poco el preludio del síndrome del nido vacío y el refugio de Mak es mi sanación. Hoy me he percatado de que este año ya cumplirá, Dios mediante, siete años y me ha dado un poco de vértigo, ¡quiero que sea eterno! Ojalá Dios le conceda una vida larga, sana y feliz para poder tener a mi compañero muchos años más conmigo. Nadie que tenga un perro se siente solo/a jamás, son la mejor medicina para el alma, su sola presencia te tranquiliza y apacigua, te hace sentir en tu hogar (estés donde estés) y te vuelve a conectar con el espíritu de la manada y de la tribu, el de un tiempo no muy lejano en que todos los seres humanos vivíamos en completa armonía con La Madre Naturaleza.

 

Y ahora, tras escribir estas líneas, me iré de caminata con él, no sin antes jugar un rato a tirarle la pelota ¡Su cara de cachorro los segundos antes de que lance la pelota, mirando expectante y pletórico de felicidad, no tienen precio!


























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