La grandeza de lo simple.
Mis hermanos —tres, si cuento también a mi prima Patricia, que en nuestra infancia era una hermana más— quedaron atrapados para siempre en esta fotografía que tomó mi tía Toñi durante un cumpleaños en La Caldera, la casa rural de mis abuelos maternos. Yo adoraba aquella casa. Y no porque tuviera dos plantas, habitaciones y baños de sobra, un salón enorme, una cocina inmensa, patios, terrazas, muchas ventanas, una azotea desde la que tomar el sol —o, como hacía mi primo Héctor, quedarse de noche mirando las estrellas— y un garaje en el que cabían hasta ocho coches. La quería por algo mucho más sencillo: estaba en mitad del campo canario, en el barranco de La Caldera. Allí crecimos mis hermanos, mis primos y yo, con la tierra bajo los pies, el aire limpio en los pulmones y la naturaleza como territorio de juegos. Casi como los guanches de antaño. A veces pienso que de ahí nos viene esta manera nuestra de ser: duros de roer, resistentes, un poco salvajes y bastante estoicos. Pero vu...