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Mostrando entradas de marzo, 2026

Flores para Antonio. Reseña del documental (sin spoiler)

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Antes de comenzar, conviene aclararlo: todo cuanto se menciona aquí pertenece ya al dominio público. No hay en estas líneas revelación alguna que empañe la experiencia de quien aún no ha visto el documental. “Lola Flores y su hijo Antonio… Los dos eran la misma persona”, dijo Juan El Golosina. Y en esa frase cabe, quizá, toda la verdad de una estirpe que no se entiende en singular. Porque hablar de Antonio es hablar de un eco, de una herencia ardiente, de una identidad que nunca estuvo del todo separada de su origen. Desde niña sentí una afinidad instintiva con Antonio Flores. Había en él algo indómito, casi tribal, que se manifestaba en su estética —esa suerte de indio norteamericano— y, sobre todo, en su manera de estar en el mundo: rebelde, sí, pero no desde el capricho, sino desde la necesidad profunda de justicia.  Su canción Libre no era solo una declaración de intenciones; era un manifiesto vital. Una forma de plantarse frente al mundo sin pedir permiso. Esta canción la...

El algoritmo, relato corto.

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  Daniel llevaba horas detrás de la barra del Starbucks. El vapor de la máquina de café silbaba como una serpiente cansada y el olor a espresso impregnaba el aire. —¡Un latte con avena! —gritó el manager desde el fondo—. ¡Vamos, Daniel, más rápido! —Sí… ya va. Daniel era de esos hombres que pasan desapercibidos. Ni guapo, ni feo. Ni carismático, ni interesante. Invisible. Los clientes hablaban por encima de él como si fuera parte del mobiliario. —¿Cuánto tardas con un café? —dijo una mujer mirando el reloj. —Lo siento… —Siempre lo sientes —añadió Diana, la barista que trabajaba con él—. Pero nunca lo haces mejor. Daniel bajó la mirada. Minutos después entró al baño. Cerró la puerta. Se miró en el espejo. —¿Qué te pasa…? Su reflejo lo miraba con desprecio. Rabia. Vergüenza. Y de pronto las lágrimas comenzaron a brotar. —Patético… Se lavó la cara, respiró hondo y volvió al trabajo. Aquella noche el Starbucks estaba casi vacío. Solo dos chicas ocupaban una mes...

El chico del fondo, relato corto.

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  Daniel llevaba tres horas seguidas detrás de la barra del Starbucks. —¡Un latte con avena! —gritó el manager desde el otro lado del mostrador—. ¡Vamos, Daniel, más rápido! —Sí… ya va —respondió él, con la voz baja. Sus manos temblaban ligeramente mientras colocaba el vaso bajo la máquina. La espuma se derramó un poco. La clienta que esperaba frente a él lo miró con fastidio. —¿Puedes hacerlo bien? Tengo prisa. —Lo siento… ahora mismo. La mujer suspiró con exageración. —Madre mía… qué desastre. Daniel bajó la mirada. Un compañero pasó a su lado. —Tío, espabila —murmuró—. El jefe está que trina contigo hoy. Daniel no contestó. Minutos después entró al baño del local. Cerró la puerta con cuidado y se quedó mirando el espejo. —Eres un inútil… —murmuró para sí mismo. Sus ojos estaban llenos de rabia. —Ni siquiera puedes servir un café sin cagarla. Apretó el borde del lavabo. —¿Qué te pasa, Daniel? Su reflejo parecía mirarlo con desprecio. Lo...

Como Los Sims.

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¿Recuerdan aquel juego de simulación de vida de finales de los años noventa y principios de los dos mil en el que tenías que mantener en estado de bienestar a tu alter ego digital? Lo creabas a tu imagen y semejanza, elegías su profesión, su casa, el barrio en el que vivía, sus amigos, sus rutinas… y luego empezaba lo verdaderamente interesante: gestionar su vida. Tenías que asegurarte de que comiera, que durmiera lo suficiente, que tuviera higiene, que socializara, que se divirtiera, que trabajara para ganar dinero y que su mente no colapsara. Si descuidabas alguna de esas áreas, aparecían señales de alarma: tristeza, agotamiento, irritabilidad o aislamiento. En definitiva, eras responsable de mantenerlo con vida y en equilibrio mental y físico. Como en la vida real pasa contigo mismo. Yo a mi Sim —mi persona real— la tenía descuidada en un aspecto concreto: las relaciones sociales profundas. Y es curioso, porque soy, por naturaleza, una persona tremendamente sociable, de esas que s...

Querer ser político sin saber de política

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 Carlos Angrisano parece no haber entendido cómo funciona realmente el sistema político en España ni en la mayor parte de Europa. Aquí no gobierna quien quiere, sino quien consigue sumar. Y para sumar, casi siempre hay que pactar. España utiliza el sistema D’Hondt, un método de reparto proporcional de escaños que, aunque favorece ligeramente a los partidos más votados, no suele otorgar mayorías absolutas. El resultado es que los parlamentos quedan fragmentados y obligan a negociar. No es una excepción española: ocurre en casi toda Europa. Alemania, Italia, Países Bajos, Bélgica o Suecia llevan décadas funcionando mediante coaliciones o acuerdos parlamentarios entre partidos que, muchas veces, ni siquiera comparten toda la misma visión ideológica. La política real no es un monasterio ideológico donde todo el mundo permanece puro e inmaculado. Es una mesa de negociación permanente. Los partidos pactan con quien necesitan pactar para gobernar o para aprobar leyes. Y esto no lo hace so...

Reseña sin spoiler de Alegría, de Manuel Vilas

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Finalista del Premio Planeta de 2019, Alegría —con sus 360 páginas y 110 capítulos breves— es, ante todo, un viaje introspectivo por la memoria y la conciencia del propio Manuel Vilas. No se trata de una novela al uso, con una trama clara y progresiva, sino de una suerte de mosaico autobiográfico donde el autor examina su vida, sus afectos y sus pérdidas desde una madurez que roza ya la melancolía. En sus páginas está presente de forma constante la añoranza: la del padre ya fallecido, la del pasado que no volverá y la de los hijos que crecen y se alejan. En ese territorio emocional se despliega la gran pregunta del libro: qué es realmente la alegría. Vilas no la confunde con la felicidad —ese estado idealizado y permanente—, sino que la entiende como los fogonazos luminosos que la felicidad produce en ciertos instantes de la vida. En ese sentido, su reflexión entronca con la tradición filosófica que ha tratado de definir la alegría como una expansión momentánea del ser, un instante d...

Yo siempre seré yo, a pesar de ti. Reseña sin spoiler.

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  Acabo de terminar Yo siempre seré yo, a pesar de ti , de Teresa López Cerdán, y me ha quedado esa sensación tan particular que dejan los libros que, más que leerse, se reconocen. Historias que, sin ser la tuya exactamente, te obligan a mirarte en ellas porque hay muchas coincidencias con tu propia biografía. Tuve la oportunidad de conocer a Teresa en persona durante la primera Feria del Libro celebrada en mi municipio, Santiago del Teide, en septiembre de 2025. Recuerdo aquella conversación tranquila entre mesas llenas de libros, café, dulces deliciosos y lectores curiosos. Me pareció una mujer serena, cercana y con una mirada muy lúcida sobre lo que cuenta. Después de leer su obra, comprendí que esa misma mezcla de sensibilidad y honestidad atraviesa todas sus páginas. Y, lo confieso, me sentí identificada con ella en casi todo.   Ella me dio un consejo que aún retumba en mis adentros: << Si quieres vivir de tu arte, ¡debes salir de los límites de tu pueblo y d...

El proyecto y el mensaje de Oliver Laxe con su Asociación Ser y su modo de habitar el mundo

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Hace unos años, en una edición de MiradasDoc de Guía de Isora, tuve la suerte de conocer en persona a Oliver Laxe, cuando todavía no era famoso. Aunque, pensándolo bien, no creo que la fama tenga la capacidad de alterar demasiado a alguien como él. Yo iba sola, como tantas otras veces en las que acudía a ese festival de cine documental. Entre la gente de mi entorno nadie podía acompañarme o, sencillamente, no les apetecía. Siempre he sido un poco la rara de mi círculo social: la que disfruta de una sala de cine casi vacía, de un festival de documentales o de una conversación sobre libros cuando la mayoría prefiere otros planes. Así que desde hace muchos años voy sola a estos eventos. También voy sola al cine con bastante frecuencia —para mí no es ningún sacrificio pagar casi nueve euros por una entrada; sinceramente, prefiero gastarlo en una película que en copas— y nunca me ha importado sentirme observada por entrar sola a un cine, sentarme sola en un restaurante o viajar sola a la o...