Los hermanos Karamazov: la familia como campo de batalla del alma humana
Me la leí (en digital y en el Kindle) de una sola sentada, este fin de semana (desde el viernes por la tarde) que dediqué por entero a leerla, como quien decide encerrarse voluntariamente en una tormenta rusa y salir de ella con la cabeza removida, el alma llena de preguntas y la sensación de haber atravesado una de esas novelas que no se olvidan fácilmente. Los hermanos Karamazov, de Fiódor Dostoievski, no es una novela que se lea: es una novela que se atraviesa. Una entra en ella como quien desciende a una casa familiar llena de habitaciones cerradas, de gritos antiguos, de culpas heredadas y de preguntas que no se resuelven con una frase bonita ni con una moral de escaparate. Es una obra inmensa, exigente, por momentos densa —no vamos a fingir aquí que se lee como una novela de playa con mojito y ventilador—, pero precisamente por eso deja una huella tan profunda. Uno de los grandes placeres de la novela está en lo exquisito de sus descripciones. Dostoievski no necesita embelle...