El amo, de Santiago Díaz Cortés. Reseña sin spoiler.

Conocí en persona a Santiago Díaz en la Feria del Libro de Miño, en julio de 2025, en Galicia, donde yo presentaba mi última novela, Poke pocketing, y mi primer poemario, Cuarenta soles, un mar. Pero además de escritora soy una lectora voraz, de esas que no solo compran libros: los persiguen, los subrayan, los comentan, los recomiendan y, si hace falta, se obsesionan un poquito con ellos, que tampoco vamos a negar ahora lo evidente.

Ya había leído de él Los nueve reinos, pero fue después de escuchar la presentación que hizo de Jotadé cuando terminé de caer en sus redes literarias. Me gustó tanto su manera de hablar de la novela, de sus personajes y de ese universo tan suyo, que salí de allí con una idea muy clara: tenía que leerlo todo. Y eso hice...

Empecé con la trilogía de Indira, luego continué con Jotadé, hice una pausa para leer Talión en francés y ayer terminé El amo, la segunda parte de Jotadé. Así, de pronto, me vi instalada en el mundo de Santiago Díaz Cortés como quien entra en una casa ajena y acaba abriendo la nevera con confianza. Su universo literario me atrapó por completo.

Indira me parece un personaje tan real, tan vivo y tan lleno de aristas que casi lo siento parte de mi familia. En muchos aspectos me identifiqué con ella, con su forma de mirar, de resistir y de sostenerse en pie incluso cuando la vida le pone delante más barro del que nadie debería pisar. Pero también me ocurrió algo parecido con Juan de Dios, Jotadé, ese policía gitano que conduce un Cadillac y que tiene ese aire de camisa desabrochada, pecho peludo al descubierto y presencia de hombre que no entra en una habitación: la ocupa.

No pude evitar compararlo muchas veces con Tony Soprano, protagonista de la mejor serie que he visto en mi vida, Los Soprano. No porque sean iguales, sino porque ambos comparten esa capacidad incómoda y fascinante de llevarnos a querer seguir mirando a personajes moralmente complejos, contradictorios, excesivos, humanos hasta lo salvaje. Jotadé tiene algo de animal herido, de patriarca de barrio, de hombre que camina siempre con una deuda antigua encima, aunque no siempre sepamos cuál.

En El amo continuamos la historia de Juan de Dios, y Santiago Díaz Cortés vuelve a demostrar que sabe manejar el ritmo, la tensión, el humor y esa mezcla tan difícil entre lo negro, lo castizo, lo familiar y lo incómodo. La novela avanza con soltura, con ese pulso de quien sabe cuándo acelerar, cuándo tensar la cuerda y cuándo soltar una frase que te desarma.

También debo decir que hubo algunos detalles que me chirriaron un poco. En concreto, el último párrafo de la página 41 me hizo detenerme, analizar demasiado y salirme momentáneamente de la historia. Pero también entiendo que, a veces, cierta inverosimilitud funciona como herramienta narrativa para enganchar al lector, generar intriga y empujarlo a seguir pasando páginas. Y, en ese sentido, el objetivo se consigue. Porque aunque algo me sacara durante unos segundos de la ficción, volví enseguida. Y eso también dice mucho de la fuerza de una novela.

Uno de los grandes aciertos de El amo es el humor. Hubo muchos momentos en los que me arrancó una carcajada sonora, de esas que no se pueden disimular ni tapándose la boca con el café. Y como suelo leer sola en cafeterías y sitios públicos, más de una vez atraje las miradas de quienes estaban alrededor, probablemente preguntándose qué demonios estaría leyendo aquella mujer para reírse así. Pues eso: estaba leyendo a Santiago Díaz Cortés en estado puro, con sus golpes de humor desternillantes, su mala leche bien colocada y esa manera suya de convertir una escena aparentemente seria en algo que de pronto te explota en la cara.



Y sí, vuelven a aparecer las perrunillas, esas perrunillas que tanto gustaban a Alba y a James y que ya en Jotadé me dejaron con tal antojo que terminé buscando la receta en YouTube para hacerlas en casa. Esto puede parecer un detalle menor, pero no lo es. Los buenos libros también se quedan en el cuerpo por esas cosas: por un olor, por una comida, por una frase, por una imagen que te acompaña más allá de la última página.

Disfruto muchísimo con los libros de Santiago Díaz Cortés porque tienen oficio, personalidad y una voz narrativa reconocible. Eso, que parece fácil, no lo es. Hay autores correctos, autores entretenidos y autores que construyen un mundo. Santiago Díaz pertenece a estos últimos. Sus personajes no parecen colocados en una trama, sino que da la sensación de que existían antes de que el libro empezara y seguirán haciendo de las suyas cuando lo cerremos.

El amo me ha hecho reír, pensar, incomodarme, seguir leyendo con ganas y confirmar algo que ya sospechaba: Jotadé ha venido para quedarse en la memoria colectiva. Ahora solo me queda esperar la última parte de la trilogía, y confieso que la espero con auténticas ganas. Porque cuando una se encariña con un universo literario así, cerrar el libro no es despedirse. Es quedarse mirando la puerta, esperando a que vuelvan a llamar.





Ana Nayra Gorrín Navarro.

Sábado, 6 de junio de 2026. 

Los Gigantes, Santiago del Teide, Santa Cruz de Tenerife. 

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