La bola negra, reseña sin spoiler.
Ayer fui a ver La bola negra, a la sesión de las 16:10 en Cines X Sur, y salí con el corazón hecho un ovillo, desmadejada de dolor. Me parece un peliculón. De esas películas que siguen latiendo dentro de una cuando se encienden las luces y toca regresar a la calle, donde todo parece continuar como si nada.
Hay imágenes que te acompañan hasta casa. Se sientan contigo, te siguen al silencio de la noche y, al día siguiente, todavía te aprietan el pecho. Esta película me ha dejado así.
Por momentos me recordó a El hoyo, por esa angustia de ver hasta dónde puede llegar la crueldad humana y, también, por algunos trozos de la banda sonora. Y ver a Carlos González, un actor que me encanta, me devolvió también a su personaje en Amar es para siempre. Tengo grabada una escena de esta serie que yo recuerdo ambientada en el Retiro: le atacaban, en la oscuridad de la noche, por ser homosexual, le pegaban una paliza, le dejaban desnudo y él pedía ayuda a gritos sin que nadie le socorriera. Aquella indefensión se me quedó clavada para siempre. Tal vez tenga que ver con esa manía mía de sentir como propio el dolor ajeno. Soy una persona altamente sensible, PAS, y a veces siento que mi empatía alcanza el límite de lo que mi cuerpo puede sostener. Veo a alguien sufrir y algo dentro de mí se acerca, se arrodilla a su lado, intenta cubrirlo. Incluso cuando hay una pantalla de por medio.
Aparece también nuestra querida Penélope Cruz, que da vida a la cupletista Nené Romero. Está maravillosa: llena el personaje de fuerza, picardía y una humanidad que me atravesó. Tiene esa capacidad de hacerte sonreír y, apenas un instante después, dejarte un temblor en el pecho. En su mirada conviven el brillo del escenario y una tristeza que ninguna lentejuela consigue tapar. Su interpretación me recordó cuánto puede sostener el arte cuando alrededor todo se derrumba: una canción, una voz, alguien que todavía encuentra fuerzas para ofrecer un poco de belleza entre tanto horror.
También quiero destacar a Guitarricadelafuente, uno de mis cantantes españoles favoritos, que pone voz a La nieve, el tema original de la película. Su canción Agua y mezcal, cada vez que la escucho, provoca en mí una oleada de emociones intensas, muy difíciles de apresar en palabras. Y aquí me sorprendió muchísimo en su faceta de actor: deslumbra en la gran pantalla con esos ojos suyos tan expresivos, capaces de contar lo que las palabras apenas se atreven a rozar. Hay una sensibilidad en su mirada que me conmovió profundamente: el miedo, la ternura y el deseo parecen asomarse a ella sin encontrar dónde esconderse. Su voz ya sabía tocarme el alma; ahora he descubierto cuánto puede emocionarme también con un gesto, una mirada o un silencio.
Investigando al respecto del tema de la película, hoy encontré en Google un listado de personas ejecutadas por el franquismo. El documento recoge ejecuciones entre 1939 y 1944, ya en la posguerra, mientras que una de las historias de la película transcurre en 1937. Leerlo me hizo comprender, una vez más, que el final de una guerra puede dejar intacta la maquinaria del horror.
Empecé a imaginar los rostros detrás de aquellos nombres. Sus voces. Sus manos. La comida que les gustaba, las posibles historias detrás de cada persona. A quién besaron por última vez. Quién se quedó esperando que regresaran. Las madres, los hijos, las parejas que tuvieron que aprender a vivir con una ausencia impuesta a tiros.
El listado no cuenta la historia completa de cada persona ni permite conocer su ideología política, su vida privada, su orientación sexual o el motivo concreto de su ejecución. Pero pertenece a una represión que segó las vidas de republicanos, sindicalistas y opositores a la dictadura. Y me hizo pensar también en quienes fueron perseguidos por ser de izquierdas, por defender ideas liberales, por ser homosexuales, por salirse de la identidad que el poder pretendía imponer.
Necesitamos tener muy presente que esto pasó. Pasó aquí, en España. Hubo personas a las que les arrebataron la vida y familias a las que les dejaron un duelo sin reparación. Recordarlo es una responsabilidad con ellas y con quienes vendrán después. Tenemos que hacer todo lo posible para que jamás vuelva a repetirse.
Nadie debe morir, ser perseguido o señalado por su ideología, por su orientación sexual o por ser diferente. Nada puede estar por encima del respeto al ser humano y a la vida.
Por eso me preocupan tanto los discursos y los delitos de odio. El desprecio repetido puede acostumbrarnos al sufrimiento de los demás. Puede convertir a un vecino en un enemigo y lograr que una multitud contemple su humillación con indiferencia. Hitler y el aparato de propaganda nazi explotaron ese mecanismo: difundieron odio, deshumanizaron a sus víctimas y contribuyeron a que millones de personas aceptaran la persecución y el asesinato.
Me parece necesario mirar La bola negra con el corazón abierto y llevar después esa mirada a nuestra propia convivencia. Preguntarnos qué estamos tolerando, qué palabras estamos normalizando y cuánto dolor estamos dispuestos a ignorar.
Tengo claro que España necesita un cambio. Pero, por favor, jamás para perder derechos y libertades. Jamás para perseguir, humillar o masacrar a nadie por ser diferente.
En la naturaleza, todos somos diferentes. Ante las leyes humanas, todos debemos ser tratados con la misma dignidad y tener los mismos derechos.
¡Bravo por los Javis! El cine español está de enhorabuena con ellos.
Ana Nayra Gorrín Navarro.
12/10/2026.




