La grandeza de lo simple.
Mis hermanos —tres, si cuento también a mi prima Patricia, que en nuestra infancia era una hermana más— quedaron atrapados para siempre en esta fotografía que tomó mi tía Toñi durante un cumpleaños en La Caldera, la casa rural de mis abuelos maternos.
Yo adoraba aquella casa. Y no porque tuviera dos plantas, habitaciones y baños de sobra, un salón enorme, una cocina inmensa, patios, terrazas, muchas ventanas, una azotea desde la que tomar el sol —o, como hacía mi primo Héctor, quedarse de noche mirando las estrellas— y un garaje en el que cabían hasta ocho coches. La quería por algo mucho más sencillo: estaba en mitad del campo canario, en el barranco de La Caldera. Allí crecimos mis hermanos, mis primos y yo, con la tierra bajo los pies, el aire limpio en los pulmones y la naturaleza como territorio de juegos. Casi como los guanches de antaño. A veces pienso que de ahí nos viene esta manera nuestra de ser: duros de roer, resistentes, un poco salvajes y bastante estoicos.
Pero vuelvo a la fotografía.
Porque esta imagen contiene, sin pretenderlo, toda la grandeza de lo simple.
Era un tiempo en el que apenas teníamos dos canales de televisión. No existían las consolas, ni los teléfonos móviles, ni esa necesidad de estar permanentemente conectados a algo. Éramos niños absolutamente analógicos. Nuestra tecnología eran las rodillas raspadas, las carreras hasta quedarnos sin aliento y una imaginación capaz de transformar cualquier rincón en un universo entero.
Jugábamos al pilla-pilla, a la piola, a la gallinita ciega, a policías y ladrones… o, como mi hermano Omar, a intentar prender fuego a una ladera. 😂 Es broma. Bueno… más o menos. Algún día contaré aquella historia porque merece, como mínimo, capítulo aparte.
Y entonces sucedió algo tan pequeño que hoy me parece inmenso.
Habían roto una piñata y comenzaron a caer confetis.
Mi hermano Bruno los veía por primera vez. En la fotografía está completamente hechizado, con la mirada levantada, como si sobre él no estuvieran cayendo simples trocitos de papel, sino estrellas diminutas. La cámara consiguió atrapar ese segundo exacto en el que la sorpresa se convierte en maravilla. Esa magia purísima que solo existe cuando todavía no hemos aprendido a dar nada por sentado.
Patricia también sonríe. Y Omar levanta las manos hacia el cielo, entregado por completo al instante, como si quisiera recibir cada confeti antes de que tocara el suelo.
Yo recuerdo estar allí. En algún rincón, mirando.
Y ahora, tantos años después, pienso en aquella escena y comprendo cuánto teníamos cuando creíamos tener tan poco.
Qué felices éramos con casi nada.
Qué extraordinaria capacidad poseíamos para inventar mundos, para entretenernos, para frustrarnos y volver a empezar, para aburrirnos hasta que del aburrimiento nacía una aventura. No necesitábamos que alguien diseñara la diversión por nosotros: la fabricábamos.
Quizá las nuevas generaciones nunca lleguen a conocer del todo esa forma de infancia. Y no sé si sería posible regresar a aquel tiempo, ni siquiera si convendría hacerlo por completo. Pero sospecho que a las mentes infantiles no les vendría mal recuperar algo de aquella lentitud, de aquel contacto con la naturaleza, de aquel aburrimiento fértil, de aquella libertad.
Porque hubo una época en la que bastaba romper una piñata para que el cielo se llenara de confetis.
Y un niño podía mirar unos cuantos papeles de colores caer sobre su cabeza como si acabara de descubrir, por primera vez, la magia del mundo.
Ana Nayra Gorrín Navarro.
07/08/2026.
