Miedo al Alzheimer

No puedo olvidar la mirada de mi abuela materna aquella tarde en que fuimos a verla y descubrimos, con una claridad dolorosa, que su memoria había comenzado a alejarse de nosotros. Miraba a mi madre, su propia hija, con una extrañeza que todavía hoy me estremece, como si frente a ella hubiera una desconocida llegada de otro tiempo. Su mente se había internado en los laberintos oscuros del Alzheimer, en esos corredores sin mapas donde los recuerdos se apagan uno a uno y la vida, que durante décadas se había ido construyendo con nombres, rostros, voces, lugares y afectos, comienza a deshacerse lentamente, como una fotografía antigua expuesta demasiado tiempo a la luz.


Mi madre comprendió enseguida que aquella mirada no era la de siempre. Se acercó a ella y le preguntó, quizá con la esperanza de que su voz pudiera abrir alguna puerta cerrada dentro de su cabeza, si sabía quién era, si de verdad no la reconocía. Entonces mi abuela dijo algo que se me quedó grabado para siempre con una profundidad que todavía me duele recordar: «¿Quién es usted?». Se lo preguntó a su propia hija, a la mujer que había llevado dentro de su cuerpo, a quien había criado, cuidado, protegido y amado durante toda una vida. Mi abuela, que siempre había sido una madre de esas que viven pendientes de sus hijos hasta el agotamiento, que convierten cada preocupación ajena en una preocupación propia y que hacen de la familia el centro alrededor del cual gira todo su universo, había olvidado quién era aquella mujer que tenía delante. Sus hijos habían sido durante toda su vida su desvelo, su orgullo, su inquietud constante, casi una prolongación de sí misma, y, sin embargo, el Alzheimer había conseguido borrar incluso aquello que parecía imposible de borrar.


A mí me invadió un miedo tan hondo que apenas pude sostenerlo. Sentí que algo dentro de mí se quebraba y tuve que salir fuera para llorar a solas, porque no quería que nadie viera el estado en el que me encontraba. Aquel día comprendí, de una forma brutal, que existe una enfermedad capaz de arrebatarnos incluso lo que creemos más invulnerable: la memoria del amor. Y entonces pensé en mi hijo. Pensé en la posibilidad de que algún día mi propia mente pudiera traicionarme de la misma manera, que pudiera mirar su rostro sin reconocerlo, olvidar su nacimiento, su infancia, su voz llamándome mamá, los años compartidos, las noches sin dormir, los abrazos, las preocupaciones, las risas, las heridas, los pequeños rituales cotidianos con los que se construye una vida entera. Me aterrorizó imaginar que pudiera desaparecer de mi memoria precisamente la persona a la que más he amado.


Fue entonces cuando decidí que me haría mi primer tatuaje. Conservaba la huella de su pequeño pie recién nacido, aquella impresión que había quedado de la prueba del talón, y quise tatuármela en el brazo junto a todos sus datos de nacimiento: el día, la hora, el hospital en el que nació, cuánto pesó, cuánto midió, incluso qué día de la semana era. En aquel momento me pareció una especie de conjuro contra el olvido, una manera de escribir sobre mi propia piel aquello que jamás quería perder. Como si la tinta pudiera servir de refugio cuando la memoria se derrumbara, como si pudiera dejarme a mí misma un mensaje para el futuro, una nota escrita desde el amor para recordarme quién había sido aquel niño y qué lugar había ocupado en mi vida.


Después, de camino a casa, mi madre intentó aliviar la tristeza con una de esas verdades que primero hacen reír y después dejan un silencio extraño. Me dijo que quizá, llegado ese momento, yo miraría mi brazo, leería todos aquellos datos y aun así me preguntaría quién era esa persona de la que llevaba tanta información tatuada en la piel. Y tenía razón. Porque el Alzheimer no borra solamente nombres ni fechas; no se limita a extraviar recuerdos concretos como quien pierde unas llaves. Va desmontando poco a poco la arquitectura de una vida. Desaparecen lugares, voces, canciones, cumpleaños, habitaciones, viajes, conversaciones, rostros, olores, historias compartidas. Y lo más cruel es que también pueden romperse los puentes emocionales que unían todos esos recuerdos a las personas que amamos, incluso a aquellas por quienes habríamos dado la vida sin pensarlo un segundo.


Quizá esa sea la parte que más miedo me produce: pensar que el amor pueda seguir existiendo en algún rincón profundo del alma mientras la memoria ya no sabe a quién pertenece. Que quede una sensación de ternura, una familiaridad inexplicable, un latido distinto ante una presencia querida, pero que el cerebro sea incapaz de pronunciar su nombre. Qué enfermedad tan cruel y despiadada, qué manera tan injusta de ir desapareciendo sin haberse marchado todavía. 


A veces la vida parece tener un sentido del humor demasiado oscuro y se burla de nuestra necesidad de permanencia, recordándonos que nada nos pertenece para siempre, ni siquiera aquello que creemos llevar a salvo dentro de nosotros.


Por eso quiero creer que existe algo más allá de esta vida. Quiero imaginar un lugar en el que la memoria vuelva a ordenarse, donde cada rostro recupere su nombre y cada nombre vuelva a encontrar el amor al que estuvo unido. Un lugar en el que ninguna madre tenga que mirar a su hija con desconcierto, en el que nadie olvide a quienes sostuvo entre sus brazos, en el que todos podamos recuperar de golpe las habitaciones, las voces, las canciones, los besos y las historias que alguna vez nos hicieron quienes fuimos. 


Quiero creer que existe un paraíso para las almas bondadosas, porque tanto amor vivido, tanto dolor atravesado y tantos recuerdos construidos no pueden haber sido para nada. En algún lugar, de alguna forma, todo aquello que hemos amado tiene que seguir intacto. Y quizá, cuando la memoria terrenal se apaga, haya otra parte de nosotros que todavía lo recuerde todo.






Ana Nayra Gorrín Navarro. 
26/08/2026.






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