Reseña sin spoiler de El hombre en busca de sentido, de Viktor E. Frankl
«Mi mente se aferraba aún a la imagen de mi mujer. De pronto me asaltó una inquietud: no sabía siquiera si seguía viva. Pero estaba convencido de algo: el amor trasciende la persona física del ser amado y halla su sentido más profundo en el ser espiritual, el yo íntimo».
Hay libros que se leen y libros que, mientras los lees, parecen inclinarse sobre ti para preguntarte en voz baja qué estás haciendo con tu propia vida.
El hombre en busca de sentido, de Viktor E. Frankl, pertenece a los segundos.
No es exactamente una novela, ni tampoco un simple diario de cautiverio. Es el testimonio autobiográfico de un psiquiatra que fue prisionero durante la Segunda Guerra Mundial en Auschwitz, Dachau y otros campos de concentración nazis, pero es también una reflexión psicológica y filosófica sobre aquello que puede mantener en pie a un ser humano cuando prácticamente todo lo demás ha sido destruido. Frankl convertiría buena parte de aquellas reflexiones en los fundamentos de la logoterapia, una corriente psicoterapéutica centrada precisamente en la búsqueda de sentido.
Y entonces comienzan las verdaderas preguntas del libro:
¿Cómo se vive cuando cada amanecer puede ser el último?
¿Cómo se despierta uno sabiendo que quizá ese día será golpeado, humillado, seleccionado para morir o simplemente vencido por el hambre?
¿Cómo puede un ser humano levantarse para realizar trabajos forzados cuando su cuerpo se ha convertido prácticamente en un esqueleto revestido de piel, cuando posee un mendrugo de pan que deberá administrar durante horas y el hambre se ha transformado en una criatura sorda que lo acompaña a todas partes?
Frankl descubre que, cuando casi todo desaparece, todavía queda un territorio que el verdugo tiene extraordinariamente difícil conquistar: el mundo interior: El recuerdo. La imaginación. El amor.
La posibilidad de cerrar los ojos y abandonar durante unos segundos el barracón, el frío, los golpes, el barro y el hambre para regresar mentalmente a una casa, a una conversación, a un rostro amado.
Por eso me conmueve especialmente el pasaje en el que Frankl piensa en su esposa sin saber siquiera si continúa viva. Porque llega a comprender algo inmenso: que amar a alguien puede trascender incluso su presencia física. Que el amor también habita en nosotros. Y que, cuando todo alrededor pretende reducir a un ser humano a un número, recordar que hemos amado y que hemos sido amados puede convertirse en una forma silenciosa de resistencia. Una resistencia íntima. Quizá la más difícil de destruir.
Frankl observa también que quienes poseían una vida interior rica —personas acostumbradas a pensar, imaginar, leer, recordar, contemplar o conversar consigo mismas— podían encontrar dentro de sí un refugio psicológico frente a una realidad exterior insoportable. No significa que fueran inmunes al sufrimiento ni que la cultura garantizase la supervivencia. Significa algo bastante más hermoso: que la imaginación puede convertirse en una habitación secreta cuya puerta no siempre consigue abrir el verdugo. Me parece una idea extraordinaria.
Porque entonces comprendemos que leer nunca es perder el tiempo. Pensar no es perder el tiempo. Escuchar música, contemplar un cuadro, escribir un poema, recordar un paisaje, cultivar el sentido del humor o construir una vida interior tampoco lo son. Estamos amueblando esa habitación. Y nadie sabe cuándo tendrá que refugiarse dentro de ella.
Incluso el humor aparece en el libro como una diminuta insurrección contra el horror. Frankl explica cómo los prisioneros intentaban encontrar situaciones que les permitieran reírse durante unos segundos. Parece inconcebible: humor en un campo de concentración. Pero precisamente ahí reside su fuerza. Si el horror pretende ocupar toda la realidad y todavía consigues arrancarle una sonrisa al día, le has negado unos segundos de dominio absoluto sobre ti. Hay algo profundamente humano en eso. Reír cuando todo va bien es sencillo. Reír cuando el mundo intenta destruirte puede convertirse en una forma de libertad.
Pero probablemente una de las ideas que más me ha impresionado del libro es la que Frankl formula al recordar a aquellos prisioneros que recorrían los barracones consolando a otros y que, teniendo únicamente un pedazo de pan para alimentarse, eran capaces de compartirlo. Imagínenlo. No compartir aquello que nos sobra. Compartir aquello que necesitamos desesperadamente. Tener hambre y entregar el pan. Estar aterrorizado y consolar. Sentirse roto y aun así intentar sostener a otro. Ahí, para mí, aparece una de las mayores grandezas del ser humano.
Porque resulta relativamente fácil ser buena persona cuando uno tiene la nevera llena, duerme bajo un techo seguro y sabe que probablemente llegará vivo al día siguiente. La verdadera dimensión moral de una persona quizá se revela cuando ser bueno tiene un precio. Y algunas de aquellas personas pagaron ese precio con lo único que poseían. Un mendrugo de pan.
Yo, qué quieren que les diga, creo que alguien capaz de hacer semejante cosa ya tiene el cielo ganado.
El hombre en busca de sentido habla constantemente de esa última parcela de libertad que todavía puede sobrevivir cuando todas las libertades exteriores han sido aniquiladas: nuestra respuesta ante aquello que nos sucede.
No siempre podemos escoger las circunstancias. No escogemos una enfermedad. No escogemos una pérdida. No escogemos que alguien nos traicione, nos abandone, nos humille o intente hacernos daño. Pero existe un territorio, a veces diminuto y terriblemente difícil de defender, en el que todavía podemos decidir quién queremos ser después de aquello. Y esa idea atraviesa todo el libro como una pequeña llama.
También la esperanza ocupa un lugar fundamental. Frankl observó hasta qué punto la pérdida radical de futuro podía acompañar al derrumbe psicológico y físico de algunos prisioneros. Conviene no convertir esta observación en una fórmula biológica simplista —la esperanza no sustituye a la medicina ni garantiza que nadie sobreviva a una enfermedad—, pero resulta difícil negar la enorme importancia psicológica de tener un mañana hacia el que caminar:
Un hijo.
Una persona amada.
Un trabajo al que acudir con ganas cada día.
Un libro pendiente de escribir.
Una conversación.
Una promesa.
Un viaje.
Una obra que terminar.
Algo. Por pequeño que sea. Porque cuando existe un porqué, el sufrimiento deja de ocupar todo el horizonte.
Y aquí aparece inevitablemente aquella frase de Nietzsche que sobrevuela buena parte del pensamiento de Frankl:
«Quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo».
Pero este libro tampoco idealiza al ser humano. Y eso me gusta.
Porque junto a personas capaces de regalar su último pedazo de pan aparecen otras capaces de infligir dolor con una crueldad estremecedora. Entre ellas se encontraban algunos kapos.
Los kapos eran prisioneros a quienes las SS otorgaban determinadas funciones de supervisión dentro de los campos, especialmente sobre otros presos destinados a trabajos forzados. El sistema permitía a los nazis administrar los campos utilizando a los propios prisioneros y, además, quebraba la solidaridad entre ellos. A cambio de sus funciones podían recibir ciertos privilegios: mejor alimentación, alojamiento, ropa o trabajos menos agotadores. Las SS esperaban que ejercieran disciplina sobre los demás y toleraban —e incluso exigían en determinados contextos— el uso de la violencia. Muchos abusaron brutalmente de aquel poder; otros, sin embargo, intentaron proteger o ayudar a compañeros, de manera que no sería justo convertir automáticamente la palabra kapo en sinónimo de verdugo. Precisamente esa complejidad resulta todavía más inquietante. Porque demuestra lo que un sistema perverso puede llegar a hacer con las personas: obligarlas a escoger entre la solidaridad y la supervivencia, premiar la crueldad, convertir la violencia en moneda y lograr que las víctimas terminen ejerciendo poder sobre otras víctimas.
Frankl habla también de individuos con tendencias profundamente sádicas. Y aquí conviene hacer una precisión psicológica:
Cuando coloquialmente llamamos «sádica» a una persona nos referimos a alguien que obtiene placer, satisfacción o sensación de poder provocando sufrimiento, miedo o humillación. Pero no todo comportamiento cruel constituye por sí mismo un diagnóstico psiquiátrico. La clasificación diagnóstica contemporánea sí contempla el trastorno de sadismo sexual dentro de los trastornos parafílicos cuando concurren criterios clínicos específicos, pero no existe actualmente en el DSM una categoría general denominada «trastorno sádico de la personalidad». Por tanto, es más riguroso hablar de comportamientos o rasgos sádicos que diagnosticar desde la distancia a cualquier persona cruel.
Algunos de los personajes descritos en estas páginas llegan a parecer mefistofélicos. Esta palabra procede de Mefistófeles, la figura demoníaca asociada a la leyenda de Fausto, y define precisamente aquello que parece diabólico, siniestro, perverso o malignamente astuto.
Y quizá ahí el libro abandona durante un instante el campo de concentración y entra directamente en nuestras vidas.
Porque, salvando las distancias —y hay que salvarlas siempre, porque comparar nuestros conflictos cotidianos con un campo de exterminio sería una frivolidad—, todos podemos encontrarnos alguna vez con personas que parecen alimentarse del conflicto, de la humillación ajena, de la manipulación o del control.
En el trabajo.
En una familia.
En una amistad.
En una pareja.
Personas que descubren dónde duele y aprietan exactamente allí.
Bloquearlas emocionalmente no significa convertirnos en piedras. Significa dejar de entregarles las llaves de nuestro mundo interior.
No responder a cada provocación. No explicar una y otra vez aquello que ya hemos explicado. No intentar desesperadamente que alguien decidido a malinterpretarnos comprenda nuestra versión.
Reducir el contacto cuando sea posible. Establecer límites.
No regalar información personal a quien sabemos que terminará utilizándola contra nosotros.
Documentar los hechos cuando la situación lo requiera. Buscar apoyo fuera del círculo de influencia de quien manipula.
Y, sobre todo, comprender algo dificilísimo: no todas las batallas se ganan convenciendo al adversario. Algunas se ganan abandonando el tablero.
También existen alrededor de determinadas personas manipuladoras los llamados flying monkeys —«monos voladores»—, expresión tomada de El mago de Oz y utilizada en divulgación psicológica para describir a terceros que terminan actuando como intermediarios de alguien manipulador: transmitiendo mensajes, difundiendo su versión (manipulada y no real) de los hechos, obteniendo información o ejerciendo presión sobre otra persona. No es un término clínico ni un diagnóstico psicológico, y además esas personas pueden actuar conscientemente o haber sido manipuladas ellas mismas. Pero conocer el mecanismo ayuda.
Porque también existe responsabilidad en preguntarnos de vez en cuando:
¿Estoy ayudando a alguien o simplemente estoy siendo utilizado para hacer daño a otra persona?
¿Conozco realmente la historia o solo una versión?
¿Estoy actuando de acuerdo con mis principios o siguiendo obedientemente la corriente?
Quizá por eso El hombre en busca de sentido me parece mucho más que un libro sobre los campos de concentración. Es un libro sobre elecciones. Sobre aquello que hacemos cuando nadie nos está mirando. Sobre la diferencia entre sobrevivir y permanecer humanamente vivos. Sobre la capacidad de conservar ternura dentro del horror. Sobre el humor como trinchera. Sobre el amor como refugio. Sobre la cultura como habitación interior. Sobre la esperanza como horizonte. Y, por encima de todo, sobre la necesidad de encontrar un sentido.
Frankl sostiene que el ser humano necesita un propósito que lo saque de sí mismo y lo proyecte hacia algo o alguien: una obra, una persona, una responsabilidad, un proyecto, una causa. Tener algo de lo que ocuparse no elimina nuestras preocupaciones, pero impide muchas veces que estas se conviertan en el único centro alrededor del cual gira nuestra existencia.
Hay que tener algo esperando mañana. Aunque solo sea una página por escribir.
Quizá por eso una de las reflexiones finales del libro me parece tan extraordinariamente vigente. Frankl advierte que la libertad, si no camina acompañada de responsabilidad, puede degenerar en arbitrariedad. Y lanza una propuesta tan simbólica como hermosa: que frente a la Estatua de la Libertad de la costa este de Estados Unidos debería levantarse, en la costa oeste, una Estatua de la Responsabilidad. Me parece una metáfora magnífica. Porque queremos libertad. Claro que la queremos. Pero ser libres no consiste únicamente en poder hacer aquello que deseamos. También significa asumir las consecuencias de nuestras decisiones. Elegir qué clase de persona queremos ser cuando nadie puede obligarnos a ser buenos.
Y quizá esa sea la pregunta que permanece flotando después de cerrar El hombre en busca de sentido.
No qué habríamos hecho nosotros en un campo de concentración, porque nadie puede saberlo desde la comodidad de una casa, una cama caliente y una nevera llena.
La pregunta es mucho más cercana y nos lleva a otras:
¿Qué hacemos hoy con nuestra pequeña parcela de libertad?
¿Qué hacemos con nuestro pan? ¿Lo guardamos entero? ¿O somos capaces, alguna vez, de partirlo en dos?
Porque Viktor Frankl escribió sobre uno de los lugares más oscuros que ha creado el ser humano y, sin embargo, consiguió salir de aquellas páginas hablándonos de luz.
No de una luz ingenua.
No de la absurda idea de que todo sucede por alguna razón.
No de negar el sufrimiento.
Sino de algo mucho más difícil:
de encontrar una razón para seguir caminando incluso cuando el sufrimiento ya ha sucedido.
Y eso convierte El hombre en busca de sentido en uno de esos libros que no terminamos de leer cuando llegamos a la última página.
Algunos libros se cierran. Este se queda abierto para siempre dentro de uno/a.
Ana Nayra Gorrín Navarro.
10/08/2026.