Dos lecturas más de Isabel Allende
Dos lecturas más de Isabel Allende
Reseñas de Ana
Nayra Gorrín Navarro
Retrato en sepia
El revelado lento de una herida
Llegué a Retrato
en sepia con Eliza Sommers todavía en el equipaje. Venía de Hija de la
fortuna, de aquella muchacha embarcada en un barril rumbo a California, y
confieso que esperaba más oro, más polvo, más hombres desesperados escarbando
la tierra como si la tierra fuera una madre que esconde el pan. Y me encontré,
en cambio, con una niña que no recuerda. Que no puede recordar. Que lleva
dentro una pesadilla de niños vestidos de pijama negro y no sabe de dónde le
viene ese sueño ni por qué la despierta con el corazón haciéndole daño.
Isabel Allende
le entrega a Aurora del Valle dos instrumentos: una cámara y una voz. Y con eso
basta. Porque esta novela, en el fondo, trata de lo mismo que trata la
fotografía: de aquello que permanece invisible hasta que alguien se atreve a
meterlo en el líquido y esperar. El revelado es lento, como la memoria. Primero
aparece un contorno, después una sombra, y solo al final el rostro que uno
llevaba buscándose toda la vida.
Hay aquí
mujeres que no caben en las casas donde las meten. Paulina del Valle, que hizo
fortuna llevando hielo de los ventisqueros chilenos a los mineros de
California, y que duerme en una cama mitológica porque el mundo le queda
pequeño incluso dormida. Nívea, perpetuamente embarazada y perpetuamente
hablando del voto femenino, como si pudiera parir de una vez a un país entero
más justo. Y Aurora, que elige mirar en lugar de posar. Que decide estar detrás
del obturador y no delante, porque la que sostiene la cámara es la que cuenta.
No les voy a
mentir: la novela se me aflojó en el tramo del matrimonio con Diego Domínguez.
Aquella hacienda del sur, la lluvia interminable, el adulterio descubierto
—todo eso late más despacio de lo que el libro necesitaba, y hubo páginas en
que sentí que Allende me llevaba de la mano por un paisaje que ya me había
enseñado. Lo digo sin rencor. Las buenas novelas también tienen sus mesetas, y
esta se redime con creces en la subida final.
Porque el
final es donde este libro se pone de pie. Cuando Aurora entiende de dónde
vienen los niños de pijama negro, cuando el nombre de Tao Chi'en vuelve a su
boca como una palabra que le habían robado de la lengua, uno comprende que ha
estado leyendo una historia sobre el precio de ser arrancada. Sobre lo que
cuesta que te salven cuando nadie te ha preguntado si querías ser salvada.
Yo, que vivo
asomada a un mar que también se llevó gente de aquí y devolvió cartas y
silencios, leo Retrato en sepia como una novela sobre los desarraigos
que no se ven. Sobre la gente que crece encima de un hueco y aprende a caminar
de una manera rara, cuidándose siempre de un lado.
Y sobre la
fotografía, claro. Esa manera educada que tenemos los humanos de decirle a la
muerte: aquí no.
La casa de los espíritus
Todo lo que Clara ya sabía
Una llega a La
casa de los espíritus después de Retrato en sepia y le pasa algo
parecido a subir el último tramo de una escalera a oscuras: el pie busca un
escalón más y descubre que ya está arriba, que el edificio entero era esto.
Porque Clara,
aquí, es la mujer. Y yo la había conocido de niña en la novela anterior, en
casa de Nívea, con esa rareza suya de saber las cosas antes de que ocurran.
Verla crecer es ver cómo un país se llena de fantasmas sin darse cuenta.
Allende
empieza con un perro que llega a la familia por vía marítima, y a partir de esa
frase —que ya es patrimonio de todos nosotros— abre una casa donde caben tres
generaciones, un terremoto, una mina, una hacienda, un sindicato, un golpe de
Estado y todos los muertos que hicieron falta. La casa de la esquina se va
llenando de cuartos improvisados igual que la novela se va llenando de
historia: sin plano, a empujones, porque la vida también se construye así.
Esteban Trueba
es el gran hallazgo del libro, y lo digo sabiendo que me van a discutir. Es un
hombre insoportable. Violento, patrón, dueño de cuerpos ajenos, incapaz de
tocar sin apretar. Y sin embargo Allende hace algo muy difícil y muy poco de
moda: lo deja hablar. Le concede la primera persona, le permite envejecer,
encogerse, quedarse solo en una casa donde ya nadie lo espera. No lo perdona
—cuidado, que no es lo mismo, sé bien por qué lo digo —, pero lo escucha y
trata de entender por qué es así. Y al escucharlo nos obliga a entender que el
horror no lo traen los monstruos de fuera; lo cría uno en el patio de su propia
casa, con su propio apellido, y un día vuelve vestido de uniforme a cobrarse lo
que se le debe.
Ahí está la
lección más dura del libro, y la que me dejó sin dormir: Esteban García, el
nieto no reconocido, es la cosecha exacta de una semilla que el patrón plantó
sin mirar. La violencia tiene memoria genealógica. Se hereda como se heredan
las tierras y las deudas.
Es una novela
desigual, y lo es a propósito. Hay capítulos que vuelan y capítulos que se
atascan en lo doméstico; hay magia que a veces resulta demasiado amable, mesas
que levitan mientras el país se hunde. Pero cuando llegan las páginas finales
—la celda, los cuadernos de anotar la vida, Alba decidiendo qué hacer con el
odio que legítimamente le corresponde— la novela alcanza una altura que, a mí,
sinceramente, me obligó a cerrar el libro un rato y salir a mirar el cielo.
Porque eso es
lo que propone Allende al final, y no es poca cosa: que alguien, en algún punto
de la cadena, decida no devolver el golpe. No por bondad. Por cansancio de la
sangre.
Leída después
de las otras dos, La casa de los espíritus deja de ser una novela y se
convierte en el techo de una casa que llevábamos tres libros levantando. Uno
mira hacia arriba y reconoce las vigas: Eliza, Tao Chi' en, Aurora con su
cámara, Nívea hablando del voto mientras amasa. Todo estaba puesto ahí para
sostener esto.
Y todo esto se
convierte en una mujer escribiendo en un cuaderno para que nadie olvide. Que
es, exactamente, lo único que sabemos hacer bien los humanos.
Ana Nayra Gorrín Navarro.
11/09/2026.