Muy estresante, pero adictivo.
A las seis y media de la mañana enciendo el día con mi ritual favorito: el café humeante y unas tostadas que crujen como si despertaran conmigo al amanecer. Mientras las noticias desfilan en la pantalla, yo ya estoy pensando en la jornada que me espera, con esa mezcla de vértigo y entusiasmo que siempre me acompaña. A las 07:50 ya he llegado al hotel. En el camino hacia el fichaje electrónico en el subsuelo me cruzo con las chicas de pisos, intercambio unas palabras, y al llegar a la altura del ascensor me encuentro con un compañero con quien siempre charlo un poquito sobre cómo nos fue la tarde anterior. Después recojo la documentación contable en recepción. Son apenas diez minutos, pero transcurren con la ligereza de quien se siente en su lugar. Entro en la oficina: abro, ventilo, enciendo las luces, reviso el buzón físico, arranco el ordenador. Ahí empieza la maratón de correos: una decena o más esperándome a primera hora y, a lo largo de la jornada, hasta cien mensajes que reclam...