Muy estresante, pero adictivo.
A las seis y media de la mañana enciendo el día con mi ritual favorito: el café humeante y unas tostadas que crujen como si despertaran conmigo al amanecer. Mientras las noticias desfilan en la pantalla, yo ya estoy pensando en la jornada que me espera, con esa mezcla de vértigo y entusiasmo que siempre me acompaña.
A las 07:50 ya he llegado al hotel. En el camino hacia el fichaje electrónico en el subsuelo me cruzo con las chicas de pisos, intercambio unas palabras, y al llegar a la altura del ascensor me encuentro con un compañero con quien siempre charlo un poquito sobre cómo nos fue la tarde anterior. Después recojo la documentación contable en recepción. Son apenas diez minutos, pero transcurren con la ligereza de quien se siente en su lugar.
Entro en la oficina: abro, ventilo, enciendo las luces, reviso el buzón físico, arranco el ordenador. Ahí empieza la maratón de correos: una decena o más esperándome a primera hora y, a lo largo de la jornada, hasta cien mensajes que reclaman respuesta. Los lunes, ni hablemos. Entre medias, las interrupciones: jefes de departamento con urgencias, llamadas que no dan tregua, compañeros que entran a preguntar por nóminas. Se supone que reparto el día entre Contabilidad y Recursos Humanos, pero ambos mundos se entrelazan constantemente, obligándome a saltar de un lado a otro, como equilibrista que camina sobre un cable invisible.
Soy de las que entran en hiperfoco: cuando me concentro, me sumerjo por completo. Y aunque me frustra que me interrumpan, sé que esa capacidad de estar tan dentro de lo que hago es también una de mis fortalezas. La psicóloga que me diagnosticó como PAS me explicó que lo nuestro no es un trastorno, sino una forma de procesar el mundo con más profundidad y emoción. Por eso escucho, sostengo, acompaño, aunque a veces me cueste el precio del cansancio, la fatiga por compasión o un antojo de chocolate para calmar el cortisol.
Y, sin embargo, cada noche preparo con cuidado mi maletín y mi ropa para el día siguiente —al estilo Peaky Blinders, que me da aire de personaje con propósito—, porque me ilusiona volver a empezar. Soy, lo admito, una workaddict. Incluso en vacaciones echo de menos la vorágine de mi mesa, el timbre insistente del teléfono, la vida que bulle en cada consulta, en cada problema que buscamos resolver.
Durante la pandemia llené mis días escribiendo Atardecer en Arrecife, pero comprendí que lo que realmente me sostiene no es solo crear, sino también sentirme útil. Saber que mi esfuerzo diario genera impuestos que financian médicos, escuelas, carreteras, que mi granito de arena se transforma en bienestar colectivo. Eso es lo que convierte la rutina en sentido.
Al final, lo más valioso que tiene un ser humano es sentirse necesario. Dejar una huella, por pequeña que sea, que haga del mundo un lugar un poco mejor. Por eso creo que no hay nada más sabio que amar tu trabajo: entonces no trabajas, simplemente vives lo que amas.
Y sí, a veces mi oficio es estresante, pero también es adictivo. Paso más horas con mis compañeros que con mi propia familia, y no podría concebir mis días sin ellos, con sus días buenos y días no tan buenos, sus quebraderos de cabeza y sus gestos de complicidad.
Doy gracias a Dios por tener salud para seguir levantándome cada mañana con ilusión. Sonrío, aunque me llamen flower power unas veces y otras “gruñona de mirada asesina”. Porque, pese a todo, lo sé con certeza: amo mi trabajo, y ese amor es lo que le da sentido a mis días.
Ana Naira Gorrín Navarro.
28/08/25.
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