A los jóvenes del mundo...

 Parece que el mundo, lejos de aprender, está dando marcha atrás. Como si la Historia no hubiera dejado suficientes cicatrices, volvemos a ver cómo se normaliza el imperialismo, la ambición territorial y la ley del más fuerte. Fronteras que se tensan, mapas que algunos quieren redibujar a golpe de amenaza, y una retórica de poder que huele a naftalina y a siglo XIX.


Me alegro de corazón por los venezolanos que han sufrido años de represión bajo la dictadura de Maduro y han luchado por su dignidad y libertad. La caída de un régimen que ha asfixiado derechos era algo necesario desde hace tiempo. Pero tengamos algo muy claro: la intervención de Estados Unidos no fue un acto altruista para instaurar la democracia, ni un ejercicio de generosidad con un pueblo oprimido. Desde hace décadas la geopolítica estadounidense ha girado en torno a la influencia y el control de recursos estratégicos, y Venezuela, con sus gigantescas reservas de petróleo, ha estado siempre en ese radar. El discurso oficial puede hablar de lucha contra la dictadura o el narcotráfico, pero el apetito por el “oro negro” y otros recursos naturales ha sido un motor constante de presiones, sanciones y acciones encubiertas en la política venezolana.


Lo verdaderamente inquietante no es solo que esto ocurra, sino que empiece a parecernos inevitable. Y no lo es. El futuro no debería construirse con las herramientas oxidadas del pasado —donde los intereses económicos y estratégicos se esconden bajo banderas de virtud— sino con un respeto genuino a la autodeterminación de los pueblos y a la justicia global. O aprendemos de la Historia o estaremos condenados a repetirla, pero esta vez con armas más sofisticadas y conciencias mucho más dormidas. Y eso, sinceramente, da más miedo que cualquier frontera en disputa.


Por favor, jóvenes: LEAN. Lean mucho. Y cuestionen todo. No acepten como inmutable un sistema que ya ha demostrado no funcionar. No teman romperlo si es necesario: nada que esté podrido merece ser conservado por costumbre.


La esperanza del mundo no está en las viejas estructuras ni en los discursos gastados, sino en ustedes. Que no les depriman, que no les anulen, que no les roben la alegría ni la capacidad de pensar. Este mundo, tal y como está, ya no nos sirve. Les toca a ustedes imaginarlo distinto… y tener el coraje de construirlo.


Ana Nayra Gorrín Navarro.

10/01/26.




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