¿Qué es la libertad?
Si saliéramos a la calle y preguntáramos al azar a cualquier joven de veinte años —al menos en mi entorno— qué es la libertad, lo más probable es que respondiera sin dudar: “poder hacer lo que me dé la gana”. Una definición simple, rotunda… y profundamente incompleta. Ya en el siglo XVIII, David Hume advertía de que la razón es esclava de las pasiones y que la verdadera libertad no consiste en obedecerlas ciegamente, sino en aprender a dominarlas, o al menos a mitigarlas. Porque cuando manda el impulso y no el criterio, lo que parece libertad suele ser solo otra forma de dependencia.
Según la Real Academia Española (RAE) la libertad es:
1.
Facultad natural que tiene el ser humano de obrar de una manera o
de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos.
2.
Estado o condición de quien no es esclavo.
3.
Falta de sujeción y subordinación.
4.
Prisión preventiva atenuada en determinadas circunstancias.
5.
Licencia o exceso que se toma alguien en hacer algo.
Dicho en corto y claro: la RAE la define como la capacidad
de elegir y actuar sin estar sometido/a… y también advierte de cuándo se nos va
la mano. Porque libertad sí, libertinaje no.
La auténtica libertad no es hacer lo que te dé la gana, es
poder vivir de manera que NADA te haga esclavo/a. Y poder decidir en cada
momento lo que pienso que está bien, pero con matices… A ver si lo logro
explicar:
Poder hacer en cada momento lo que pienso que debo hacer
puede ser libertad… o puede no serlo en absoluto. Toda gira en torno a de dónde
sale ese “pienso”.
Si lo que se piensa que se debe hacer nace de la reflexión,
del conocimiento de uno/a mismo/a, de la conciencia de las consecuencias y del
respeto a las demás personas, entonces sí: eso es libertad adulta. Es elección
consciente. Es autonomía real.
Pero si ese “pienso” está dictado por el impulso, el miedo,
la presión del entorno, la costumbre, la rabia, el deseo inmediato o el “me
apetece”, entonces no estamos ante libertad, sino ante una pasión disfrazada de
decisión. Y aquí vuelve Hume por la puerta grande: cuando mandan las
pasiones, la razón obedece… y la libertad se diluye.
La clave no está en hacer lo que alguien cree correcto, sino
en haberse entrenado para pensar bien. Porque creer no es lo mismo que saber, y
sentir no es lo mismo que decidir.
La libertad no es hacer siempre lo
que se quiere. Es poder no hacerlo cuando se sabe que no se debe.
Eso exige esfuerzo, límites, criterio y una ética mínima.
Justo lo que menos se está cultivando. Por eso hoy se confunde tanto la
libertad con el capricho: porque el capricho es fácil y pensar cuesta.
Así que no: no basta con “hacer lo que se piensa que se debe
hacer”.
La verdadera pregunta es quién está pensando por ti cuando
crees que decides.
La libertad es poder elegir sabiendo
que toda elección tiene consecuencias y que mis actos no pasan por encima de
los demás. Es autonomía con conciencia. Es hacer lo que quiero, sí, pero
también hacerme cargo de lo que provoco.
El libertinaje, en cambio, es confundir libertad con “hago lo
que me da la gana y que el mundo se adapte a mí”. Es actuar sin límites, sin
responsabilidad y sin importar el daño colateral. No es valentía ni rebeldía:
es inmadurez disfrazada de discurso moderno.
¿Por qué muchos jóvenes confunden
ambos conceptos?
Porque nadie les ha enseñado que los límites no son cárceles,
sino barandillas. Porque se les ha vendido que toda norma es opresión y que
pensar en el otro es una debilidad. Porque vivimos en una época que aplaude el
exceso, banaliza las consecuencias y llama “libre” a quien simplemente no se
responsabiliza de nada. La libertad exige cabeza, ética y coraje. El
libertinaje solo exige impulsividad. Y no, no son lo mismo. Nunca lo han sido.
El sistema educativo y el gobierno tienen una responsabilidad
clara en que muchas personas jóvenes confundan libertad con libertinaje, pero
esa responsabilidad no anula la individual: la explica. El problema no es
reconocer que existen condicionantes estructurales, sino quedarse atrapados en
ellos. Cuando se educa a generaciones enteras en la idea de que el error
siempre viene de fuera —del sistema, del contexto, de la presión social— no se
está diciendo que el fracaso no exista ni que no tenga consecuencias, sino que
se está enseñando a no asumir la parte que sí corresponde a cada uno.
Durante años, el sistema educativo ha renunciado a educar en
límites, ética y responsabilidad personal. Ha priorizado evitar la frustración
antes que enseñar a pensar, ha diluido la exigencia y ha convertido el esfuerzo
en algo casi opcional. Se habla mucho de derechos y muy poco de deberes, se
fomenta una autoestima sin cimientos y se confunde bienestar emocional con
ausencia de incomodidad. El resultado es una juventud que interpreta cualquier
límite como una agresión y cualquier consecuencia como una injusticia.
Aquí está una de las grandes trampas conceptuales: se les ha
hecho creer que los límites son cárceles, cuando en realidad son barandillas.
La cárcel encierra y anula; la barandilla protege para que no te despeñes
mientras avanzas. Sin barandillas no hay más libertad, hay más caídas. Y muchas
de las normas que hoy se desprecian como opresivas no eran jaulas, sino
estructuras que permitían crecer sin romperse.
El gobierno, por su parte, ha contribuido a reforzar este
marco mental. Ha debilitado la cultura del esfuerzo, ha banalizado el mérito y
ha transmitido que la exigencia es sospechosa. Se ha instalado un relato donde
esforzarse parece innecesario, fracasar siempre es culpa de otros y asumir
responsabilidades personales se vive como una imposición. No se ha empoderado a
las personas jóvenes: se las ha dejado sin herramientas. Esto no exculpa al
individuo, lo sitúa. El sistema es responsable de la pedagogía fallida; la persona
joven lo es de lo que hace con lo aprendido o con lo no aprendido. Es una
cadena de responsabilidades, no una contradicción. Quien crece sin barandillas
difícilmente camina seguro, pero negarse a ponerlas cuando ya eres una persona
adulta tampoco es libertad.
La cultura del esfuerzo no es opresión. El límite no es
violencia. La exigencia no es crueldad. Son los pilares de la libertad real, la
que permite sostenerse, decidir con criterio y hacerse cargo de las
consecuencias propias sin depender eternamente de otros.
Confundir libertad con libertinaje no es un error espontáneo:
es el resultado de un sistema que ha renunciado a formar personas adultas,
críticas y responsables. Y la verdadera libertad empieza justo ahí donde se
acaba la excusa permanente.
Ana Naira (Nayra) Gorrín Navarro.
01/01/2026.