¡Mirad a la juventud!
El mayor problema que puede tener una sociedad es no contar con suficiente población joven para impulsar una nación. Y si a eso le añadimos que la poca juventud que hay no está bien formada, estamos condenando a ese país a la involución, al riesgo de que cualquier sistema que no funcione jamás se transforme. No es casualidad: han sido siempre las personas jóvenes quienes han liderado los grandes cambios de la historia. Las universidades han sido, tradicionalmente, la cuna de las grandes revoluciones sociales, las mismas que nos permitieron, por ejemplo, avanzar hacia la democracia en España. En los años sesenta y setenta, los movimientos del estudiantado universitario fueron espacios clave de contestación política y cultural contra la dictadura franquista, contribuyendo a erosionar la legitimidad del régimen y a sembrar las bases de una ciudadanía más crítica y participativa, elementos indispensables para la democratización del país. La movilización estudiantil no solo socavó el control ideológico de la dictadura dentro de las universidades, sino que también ayudó a normalizar la participación política y la voluntad de cambio entre amplios sectores de la sociedad, factores decisivos en el proceso que culminó con la restauración democrática tras la muerte de Franco.
Desde ese ejemplo histórico hasta las grandes protestas universitarias de la España democrática, como la movilización masiva de más de 200.000 estudiantes (entre los que yo estuve presente con pancarta en mano en el Campus de Guajara de la ULL) en 2001 contra una reforma educativa percibida como regresiva, la voz de la juventud universitaria ha sido un factor de presión social y política real.
Al final, todo se reduce a la demografía. Cuando hablamos de demografía no hablamos de números fríos ni de pirámides de población colgadas en un despacho ministerial. Hablamos, sin rodeos, de quién sostiene un país hoy y quién lo va a sostener mañana. La demografía condiciona de forma directa la situación social, política y económica de cualquier país, y fingir que no es así es una forma elegante de pegarse un tiro en el pie… pero con estadísticas.
Desde el punto de vista social, una población envejecida implica más necesidades de cuidados, de sanidad y de servicios asistenciales. Eso no es malo en sí mismo —cuidar a quienes nos precedieron es una obligación moral—, pero sí se convierte en un problema cuando no existe suficiente relevo generacional para sostener ese sistema. Si falta juventud, faltan profesionales del cuidado, personal sanitario, docentes, trabajadoras y trabajadores sociales… y, al final, comunidad. Una sociedad sin población joven se vuelve rígida, temerosa del cambio y menos creativa.
En lo político, la demografía también manda. Si la mayoría del electorado pertenece a franjas de edad más avanzadas, las políticas tenderán a proteger lo inmediato: pensiones, estabilidad y conservación de lo conocido. Es comprensible, pero peligroso si se hace a costa del futuro. La juventud empuja agendas distintas: innovación, acceso a la vivienda, empleo digno, sostenibilidad y derechos civiles. Sin su participación, la política se vuelve cortoplacista, conservadora hasta el inmovilismo y desconectada del mundo que viene. Un país sin juventud es un país que vota mirando al retrovisor.
Y en lo económico, aquí ya no hay poesía posible: sin personas jóvenes no hay mano de obra suficiente, no hay consumo dinámico, no hay emprendimiento ni crecimiento. Es la juventud quien trabaja, cotiza, crea empresas, innova, asume riesgos y mueve la economía. Si la base de cotizantes se reduce y aumenta el número de personas jubiladas, el sistema de pensiones se tensiona, los impuestos suben y la economía entra en un bucle de estancamiento. No es palabrería: son matemáticas puras y duras.
Por eso es tan importante que exista juventud en la sociedad. No solo porque sea “el futuro”, una frase bonita y profundamente inútil si no se acompaña de hechos, sino porque es el presente que mantiene todo en pie. Una sociedad que expulsa y no motiva a su población joven —con salarios miserables, alquileres imposibles y ausencia de expectativas— está cavando su propia tumba demográfica.
Y aquí entra un factor decisivo que demasiadas veces se pasa por alto: el papel de los ayuntamientos y de los municipios. La demografía no se corrige únicamente desde los grandes ministerios ni con planes abstractos; se corrige desde lo local, desde donde la gente nace, crece, estudia o se ve obligada a marcharse.
Es urgente que los municipios apuesten de forma activa y decidida por la formación de su juventud local. Abrir institutos de formación profesional no es un lujo ni una concesión ideológica, es una necesidad estratégica. La FP conecta de forma directa educación y empleo, fija población y responde a las necesidades reales del tejido económico de cada territorio. Y lo mismo ocurre con las escuelas de idiomas: hoy hablar idiomas no es un complemento, es una herramienta básica para acceder a empleos dignos, emprender y no quedarse fuera del mundo.
Además, los municipios deberían plantearse sin complejos la apertura de sedes de universidades públicas que acerquen los estudios universitarios a la población joven local. Facilitar el acceso a la universidad no puede seguir siendo un privilegio reservado a quienes pueden permitirse pagar un alquiler, aunque sea de una habitación, cerca del campus, además de transporte, materiales y el coste de la vida académica. En territorios como Tenerife, cursar estudios universitarios se ha convertido en algo profundamente elitista, directamente inasumible para la clase media trabajadora. Universalizar la educación superior —tanto profesional como universitaria— no es una utopía ni una concesión ideológica: debería ser ya nuestro objetivo número uno a corto plazo si de verdad queremos igualdad de oportunidades, justicia social y futuro.
Cuando un ayuntamiento invierte en formación, no solo está formando personas, está construyendo futuro. Está evitando la despoblación, fortaleciendo la economía local y creando una ciudadanía preparada y crítica. Lo contrario —mirar hacia otro lado— es condenar a la juventud a la precariedad o a la emigración, y al municipio a convertirse en un espacio envejecido, dependiente y sin pulso.
Cuidar la demografía no es obligar a nadie a tener hijas o hijos ni lanzar eslóganes vacíos. Es crear condiciones de vida dignas para que quien quiera desarrollar un proyecto vital pueda hacerlo sin miedo. Es invertir en educación, empleo, vivienda y conciliación, empezando por lo más cercano. Porque sin juventud no hay progreso, no hay equilibrio social y no hay país que resista el paso del tiempo. Así de claro. Y así de urgente.
Y todo esto desemboca en una realidad incómoda que ya no se puede seguir maquillando: gran parte de la juventud de Tenerife está sumida en una profunda desafección vital que, en demasiados casos, deriva en depresión y problemas de salud mental. No hablamos de fragilidad generacional ni de falta de carácter, sino de una acumulación de frustraciones: ausencia de expectativas reales, precariedad laboral, imposibilidad de emanciparse, estudios inaccesibles y la sensación constante de que, hagan lo que hagan, no es suficiente. Cuando a una generación se le cierra sistemáticamente el futuro, el desgaste emocional es inevitable.
La salud mental se está convirtiendo así en un problema social de primer orden, y conviene decirlo sin rodeos: cuando una persona está debilitada, cuando se siente perdida y sin horizonte, es mucho más vulnerable. Es ahí donde acecha el mal en forma de vicios, adicciones, conductas autodestructivas o entornos que prometen una salida rápida a un vacío que nadie ha querido atender a tiempo. No es casualidad, es abandono estructural. Invertir en educación, formación y oportunidades no es solo una cuestión económica o demográfica, es también una política de prevención en salud mental. Cuidar a la juventud es una responsabilidad colectiva ineludible y garantizarle un futuro digno no es un favor: es una obligación social y política que ya llega tarde.
Y, como siempre, porque para mí la música y el arte impregnan cada rincón de mi existencia, les dejo con una canción que habla precisamente de todo esto:
Me gustan los estudiantes, originalmente de Violeta Parra y popularizada en el repertorio de Mercedes Sosa.
¡Feliz y reivindicativo 2026 a todas las personas!
Ana Naira (Nayra) Gorrín Navarro.
01/01/2026.