El cuerpo que habito
A día de hoy, 5 de julio de 2026, habito un cuerpo que guarda cuarenta y ocho kilos de más. Cuarenta y ocho kilos: el equivalente a seis garrafas de agua de ocho litros que me acompañan a todas partes, cosidas a mis pasos como un equipaje sin asas.
Imagina caminar con tres garrafas colgando de la mano derecha y otras tres venciendo la izquierda. Imagina subir así las cuestas empinadas de mi municipio, afrontar escaleras, recorrer pasillos, cumplir horarios, llegar a todas partes fingiendo que el esfuerzo no pesa tanto como pesa. Ese es el cuerpo con el que camino. Por eso, cuando alguien me encuentra al final de una pendiente, me ve cansada, sin aliento, con el corazón golpeándome el pecho como un pájaro que busca una salida. No es falta de voluntad. Es física. Es cargar una pequeña mudanza a cada paso.
Y no crean que he permanecido quieta dentro de esta situación, esperando que el cuerpo se resuelva solo. He acudido a nutricionistas, he seguido dietas de toda clase y he practicado ejercicio moderado, el único que me permite la artrosis de mi rodilla izquierda, una dolencia con antecedentes en mi familia y que el sobrepeso, por supuesto, agrava. Probé también el ayuno intermitente, pero tuve que abandonarlo porque intensificaba mis migrañas. Después llegaron Ozempic y Mounjaro, dos nombres que parecían abrir una puerta donde antes solo había pared.
Mientras los utilicé, la pérdida de peso fue extraordinaria. Llegué a rozar la frontera de los dos dígitos y sentí que el número cien era una verja a punto de caer. Sin embargo, las dosis debían aumentar y, con ellas, el coste. Mi economía de mileurista y madre sola no podía sostener aquel tratamiento durante mucho tiempo. Tuve que interrumpirlo y recuperé peso. El cuerpo regresó sobre sus pasos como el mar cuando reclama la arena que parecía haber abandonado.
Según el objetivo establecido por mi médico, debería pesar alrededor de setenta y tres kilos para mi altura, que es de 1,75 metros. Hoy peso ciento veintiuno. Entre ese cuerpo posible y el que ahora habito hay cuarenta y ocho kilos de distancia. Seis garrafas. Una cifra que, escrita sobre el papel, parece inmóvil; llevada sobre los huesos, tiene gravedad propia.
El verano es la estación en la que más pesa este cuerpo. El calor se adhiere a mí como una segunda piel húmeda. Siento los estímulos con enorme intensidad y las altas temperaturas convierten cada movimiento en una negociación con el cansancio. Después llegan la playa y la piscina, esos lugares donde parece obligatorio despojarse de la ropa y, junto a ella, de cualquier posibilidad de pasar inadvertida.
Entonces aparecen las miradas.
Hay miradas que no observan: registran. Recorren el vientre, los muslos, los brazos, las curvas, como si el cuerpo ajeno fuera un territorio público susceptible de inspección. Las conozco. He aprendido a distinguirlas de una mirada casual, del mismo modo que se distingue una caricia de una bofetada aunque ambas procedan de una mano. La gordofobia existe. No es una inseguridad inventada frente al espejo ni una exageración nacida de mi sensibilidad. Está en los ojos que se demoran demasiado, en el gesto de desaprobación, en la burla apenas contenida, en esa superioridad moral que algunas personas se conceden solo porque ocupan menos espacio.
Mi cuerpo empezó a cambiar con mayor intensidad durante la perimenopausia, una transición que comenzó para mí alrededor de los treinta y siete años. Los cambios hormonales, el paso del tiempo, la genética, el estrés, el descanso y muchos otros factores fueron trenzando una cuerda difícil de deshacer. A aquella edad pesaba noventa y dos kilos. Entonces tenía veintinueve kilos por encima del objetivo indicado por mi médico. Hoy son cuarenta y ocho.
Nunca había alcanzado este peso.
Cuando me quedé embarazada tenía veinticinco años y pesaba sesenta y tres kilos. Se me dibujaban las caderas incluso bajo los pantalones; las clavículas y las costillas asomaban como ramas finas bajo la piel. Tenía una cintura diminuta y unas caderas y unos glúteos generosos, rasgos que siempre han formado parte de mi constitución. Aquel cuerpo parece ahora una fotografía hallada en una casa antigua: sé que fui yo, reconozco mis ojos, pero me cuesta recordar cómo era vivir dentro de él.
Hoy ningún hueso se anuncia. Hasta la pequeña prominencia de las muñecas ha quedado cubierta por un pliegue blando que recuerda a las manos redondas de un bebé. A veces observo mis brazos y pienso que el cuerpo también escribe su autobiografía: guarda los embarazos, las pérdidas, las noches sin dormir, los medicamentos, las hormonas, las renuncias, el miedo, el trabajo sedentario, los años en que sobrevivir fue mucho más urgente que adelgazar.
Contar esto no es pedir lástima. Tampoco pretende convertir la obesidad en una condena inevitable. Es recordar algo que todavía incomoda: detrás de un cuerpo grande existe una historia que nadie puede conocer con solo mirarlo. No todas las personas con obesidad pasan el día comiendo bollería ni permanecen tumbadas esperando que la vida suceda. Esa caricatura, además de cruel, es perezosa. Nos ahorra el esfuerzo de comprender la complejidad del cuerpo humano y nos permite culpar a quien ya carga suficiente peso, visible e invisible.
Mi voluntad de cambiar permanece intacta.
A finales de mayo me compré una bicicleta elíptica. Cada mañana, antes de que el día despliegue sus obligaciones y yo me siente durante horas frente al escritorio, pedaleo durante una hora. Hay algo profundamente simbólico en avanzar sin moverme del sitio: las piernas giran, el corazón se acelera, el sudor cae y, aunque la habitación permanece igual, dentro de mí algo se desplaza.
También procuro cuidar mi alimentación. A finales de mayo pesaba 125,8 kilos, casi 126. Hoy, 5 de julio, peso 121. He perdido 4,8 kilos. Puede parecer poco a quien contempla el camino desde fuera, pero cada kilo perdido es un litro menos en la garrafa, una cuesta algo más amable, una respiración que tarda un poco más en romperse.
Confío en los cambios construidos lentamente. Los resultados obtenidos mediante el movimiento, una alimentación equilibrada y hábitos que puedan sostenerse quizá no lleguen con la espectacularidad de los milagros publicitarios, pero echan raíces. El cuerpo necesita tiempo para comprender que ya no está huyendo, que nadie pretende castigarlo, que esta vez no habrá hambre ni violencia contra él. Quiero adelgazar desde el cuidado. Bastante guerra ha soportado ya mi cuerpo como para convertir también la salud en otro campo de batalla.
Sería hermoso vivir en un mundo donde las personas fueran valoradas por lo que albergan y entregan, por su inteligencia, su bondad, su talento, su capacidad de levantarse cuando la vida las derriba. Pero todavía vivimos bajo el gobierno de la apariencia, en una sociedad que convierte los cuerpos en escaparates y luego exige que todos exhiban la misma mercancía.
Defiendo el respeto hacia todas las formas corporales y comprendo la necesidad histórica del movimiento body positive. Gracias a él, muchas personas han aprendido que no deben aplazar la vida hasta caber en una talla determinada. Sin embargo, aceptar mi cuerpo no significa renunciar a mejorar mi salud. Puedo tratarme con ternura mientras intento perder peso. Puedo quererme hoy y desear sentirme más ligera mañana. El amor propio también consiste en acompañarse durante la transformación sin insultar a la mujer que todavía se encuentra a mitad del camino.
Tal vez podríamos empezar por algo sencillo: dejar de contemplar con morbo los cuerpos grandes en playas y piscinas. Apartar también el juicio de los cuerpos extremadamente delgados, porque jamás sabemos si detrás de ellos existe una enfermedad, una pérdida, un trastorno alimentario o una batalla secreta. Durante los años noventa y los primeros años dos mil, la cultura de la delgadez extrema convirtió la fragilidad en una aspiración estética. Vimos cuerpos consumidos presentados como modelos de belleza, mientras numerosas mujeres enfermaban intentando desaparecer dentro de ellos. Décadas después, seguimos midiendo la dignidad humana con una cinta métrica.
Mi cuerpo pesa ciento veintiún kilos, pero yo no peso ciento veintiún kilos.
Peso también seis novelas, un hijo criado yo sola en medio de una situación muy complicada, los años trabajados, las veces que sobreviví, los poemas que escribí cuando la tristeza parecía no tener idioma. Peso las carcajadas, los abrazos, los libros leídos, las personas a las que he ayudado y todos los amaneceres en los que, pese al cansancio, volví a levantarme.
Seguiré restando kilos, uno a uno, con paciencia. Pero hay una carga que podríamos empezar a perder entre todos desde hoy: el peso del juicio ajeno. Porque ningún cuerpo debería tener que adelgazar para merecer respeto, y ninguna persona tendría que explicar sus heridas para que la mirasen con humanidad.
Quizá la verdadera transformación comience el día en que dejemos de preguntarnos cuánto ocupa un cuerpo y empecemos a preguntarnos cuánto dolor, cuánto coraje y cuánta vida ha sido capaz de sostener.
Ana Nayra Gorrín Navarro.
05/07/2026.