Mujeres silenciadas: del poder político a la creación artística







Cada vez que una mujer parece estar a un paso de alcanzar el mayor nivel de poder político en España, sucede algo. Cambian las reglas, cambian los apoyos, cambian las lealtades o, simplemente, desaparece de la fotografía. Después llegan las explicaciones oficiales, siempre impecables sobre el papel, mientras la sensación permanece: otra mujer que se quedó a las puertas.


No hablo de partidos. Hablo de un patrón que atraviesa ideologías. Da igual que la mujer sea de izquierdas, de derechas o de centro. Si demuestra carácter, liderazgo y capacidad para tomar decisiones, enseguida aparecen calificativos que rara vez escuchamos cuando el protagonista es un hombre. A ellas se las llama autoritarias donde ellos son firmes; soberbias donde ellos son seguros de sí mismos; ambiciosas donde ellos son líderes naturales.


El techo de cristal no siempre es una puerta cerrada. A veces es mucho más sofisticado. Consiste en permitir que una mujer ascienda hasta que empieza a incomodar. Entonces aparecen las maniobras, las campañas de desgaste, los silencios interesados y esa extraña facilidad con la que acaba siendo sustituida.


Y esto no ocurre solo en la política. También sucede en la literatura, en la poesía, en el arte y en tantos espacios culturales donde las mujeres crean, sostienen, abren camino y, aun así, son apartadas del foco con una naturalidad pasmosa. Muchas veces se ensalza la genialidad masculina con una devoción casi litúrgica, mientras la obra de las mujeres se clasifica, se empequeñece o se relega a una esquina amable del escaparate.


A ellos se les concede el aura de maestros. A ellas se les exige demostrar eternamente que merecen estar en la conversación. Ellos fundan escuelas, corrientes, generaciones. Ellas aparecen como excepciones, musas, acompañantes, promesas tardías o nombres secundarios en una historia que también escribieron con sus manos.


Resulta paradójico que un país que presume de igualdad siga teniendo tantas dificultades para imaginar a una mujer ocupando el máximo nivel de poder sin convertir cada uno de sus gestos en un juicio permanente. La exigencia hacia ellas continúa siendo mayor. Deben demostrar más, equivocarse menos y soportar una presión que rara vez recae con la misma intensidad sobre un hombre.


No pretendo afirmar que todas las derrotas políticas, literarias o artísticas de una mujer respondan al machismo. La realidad es más compleja. Intervienen intereses, estrategias, redes de afinidad, círculos de poder y viejas costumbres disfrazadas de normalidad. Pero tampoco conviene fingir que el género no pesa cuando se reparten los espacios de prestigio.


Quizá el verdadero problema no sea que falten mujeres preparadas para gobernar, escribir, cantar, dirigir, crear o pensar. Quizá el problema sea que todavía hay demasiadas personas incómodas cuando una mujer demuestra que también puede hacerlo.


La igualdad dejará de ser un eslogan el día en que el poder, la cultura y el reconocimiento dejen de tener género. Ese día ya no hablaremos de mujeres silenciadas. Simplemente hablaremos de talento.


Ana Nayra Gorrín Navarro 

1 de julio de 2026

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