Vaiana, la película. 2026.
Ayer, en la sesión de las 17:35 de los cines X-Sur de Adeje, vi Vaiana, la nueva adaptación en acción real del clásico de Disney. Y debo comenzar admitiendo algo que probablemente reste solemnidad a cualquier intento de crítica cinematográfica, pero que añade una sinceridad incontestable: siempre es un placer ver a Dwayne Johnson, The Rock, en la gran pantalla. Me parece un hombre tremendamente atractivo y siempre me lo ha parecido.
Cuando mi hijo era pequeño, veíamos juntos la WWE los sábados por la mañana. Lo hacía por el placer de compartir algo con él, de entrar en su mundo y construir esas pequeñas experiencias comunes que, con los años, terminan convirtiéndose en memoria familiar. Pero tampoco voy a reescribir la historia para parecer más abnegada de lo necesario: también me encantaba ver a aquel hombre enfundado en unas mallas ajustadas, con ese cuerpo enorme ocupando la pantalla como si la anatomía humana hubiera decidido abandonar toda prudencia.
Siempre me han fascinado sus facciones, su piel morena, casi dorada, y la poderosa presencia que desprende. Dwayne Johnson es hijo de madre samoana y padre negro canadiense de Nueva Escocia, y ha mantenido una conexión pública y emocional muy fuerte con sus raíces de Samoa. En esta película, además, no se limita a interpretar a Maui: encarna a un personaje procedente del universo mitológico polinesio y participa también como productor, de modo que su vínculo con la historia posee una dimensión íntima y cultural.
La cultura samoana, regida tradicionalmente por el concepto de fa’a Samoa —“el modo samoano”—, concede un valor esencial a la familia extensa, la comunidad, el respeto a los mayores, el servicio y la responsabilidad compartida. Es una manera de entender la existencia en la que el individuo no se concibe como una isla independiente, sino como parte de una red de afectos, obligaciones y memoria colectiva.
Quizá por eso siento tanta admiración por Samoa y, en general, por las culturas indígenas, tribales y comunitarias en las que el “nosotros” continúa teniendo más peso que el “yo”. Me conmueven las sociedades donde la identidad no se limita a lo que una persona desea alcanzar individualmente, sino que también se construye mediante aquello que aporta a su familia, a sus antepasados y a su comunidad.
Ese espíritu atraviesa toda la película.
Vaiana cuenta la historia de una joven destinada a dirigir a su pueblo que siente la llamada del océano y se atreve a navegar más allá del arrecife para devolver el corazón de Te Fiti y restaurar el equilibrio perdido. Sin embargo, bajo la estructura de una aventura familiar, encontramos una reflexión muy bella sobre la identidad, la herencia cultural, el liderazgo y la necesidad de escuchar esa voz interior que a veces contradice las expectativas que los demás han depositado sobre nosotros.
La protagonista no parte movida por una ambición individualista ni por el deseo de escapar de los suyos. Se aventura en el océano precisamente para salvarlos. Su viaje de emancipación no implica renegar de su comunidad, sino comprender de una manera más profunda quién es ella dentro de esa comunidad. Y esta diferencia me parece fundamental.
Catherine Laga’aia, la joven actriz australiana de ascendencia samoana que interpreta a Vaiana, realiza un trabajo magnífico. Tenía ante sí la difícil tarea de dar cuerpo a un personaje muy querido y de sostener una superproducción junto a una figura tan carismática como Dwayne Johnson. Sin embargo, no queda eclipsada por él. Su Vaiana posee determinación, dulzura, humor y una energía muy luminosa. Catherine no se limita a reproducir los gestos del personaje animado: consigue darle una presencia propia y transmitir con naturalidad tanto su vulnerabilidad como su fortaleza.
Me gustó especialmente que la película no presente el valor como ausencia de miedo. Vaiana duda, se equivoca, se siente sobrepasada y llega a cuestionarse si está preparada para cumplir la misión que ha asumido. Su valentía consiste en continuar a pesar de todo. No es una heroína porque sea invulnerable, sino porque aprende a reconocerse incluso cuando nadie puede decirle con certeza cuál es el camino.
Dwayne Johnson, por su parte, parece haber nacido para interpretar a Maui. Su físico gigantesco, su sentido del humor y su magnetismo encajan perfectamente con la exuberancia del semidiós. Pero debajo de su arrogancia, sus músculos y su necesidad constante de recibir admiración, existe un personaje profundamente herido que teme no ser digno del amor de los demás. Esa mezcla de grandiosidad y fragilidad es la que evita que Maui quede reducido al papel de acompañante cómico.
La relación entre ambos personajes también me parece uno de los mayores aciertos de la historia. Vaiana, todavía adolescente, y Maui, una figura adulta y casi legendaria, construyen un vínculo basado en el aprendizaje, la confianza y el respeto mutuo. Él comienza tratándola con condescendencia, pero termina reconociendo su valentía y su capacidad para liderar; ella, por su parte, aprende a ver más allá de la arrogancia del semidiós y descubre sus heridas y vulnerabilidades. La película acierta al presentar entre ambos una relación de compañerismo, guía y amistad, sin desdibujar la diferencia de edad ni recurrir a una lectura romántica que habría resultado completamente improcedente.
Visualmente, la película es una celebración del océano. Parte del rodaje se realizó en Oahu, Hawái, además de utilizar estudios de Georgia para distintas secuencias. Las localizaciones hawaianas aportan a la película una belleza que ninguna pantalla digital podría imitar por completo: la vegetación exuberante, las montañas, la luz sobre el agua y esas playas que parecen encontrarse justo en la frontera entre el mundo real y la leyenda.
La naturaleza no funciona únicamente como telón de fondo. El océano es un personaje más: llama, protege, juega, castiga y guía. No es una extensión vacía que deba conquistarse, sino una realidad viva con la que los seres humanos mantienen una relación de respeto y reciprocidad. Esta concepción resulta coherente con la cosmovisión polinesia que inspira el relato, donde la navegación, la tierra, los antepasados y el mar forman parte de una misma identidad.
La música mantiene la intención emocional de la película de animación, pero en mi caso sentí que había demasiadas partes musicales. En varios momentos, las canciones interrumpen el ritmo de la historia en lugar de acompañarla, y aunque entiendo su función expresiva, me habría gustado una presencia más contenida. Aun así, reconozco que escuchar a The Rock cantar mientras se pasea por la pantalla caracterizado como Maui sigue teniendo su propio encanto.
No obstante, el gran desafío de esta nueva Vaiana era justificar su existencia. La película animada de 2016 continúa siendo reciente, visualmente extraordinaria y muy presente en la memoria del público. Esta adaptación sigue de cerca aquella historia y, por momentos, resulta inevitable preguntarse qué aporta realmente más allá del espectáculo de contemplar los escenarios y los personajes convertidos en materia tangible.
Sin embargo, creo que la elección de intérpretes con raíces en las culturas del Pacífico, la fisicidad de los paisajes y la presencia real de cuerpos, tejidos, embarcaciones y rituales conceden a esta versión una textura diferente. No sustituye a la película original ni necesita hacerlo. Puede entenderse como otra manera de acercarse a una historia sobre el regreso a las raíces, la transmisión de la memoria y la valentía necesaria para abandonar las rutas conocidas.
Y, en el fondo, ese es el mensaje que más me llevo de Vaiana: para avanzar no siempre necesitamos romper con nuestro pasado. A veces necesitamos recuperarlo. Recordar quiénes fuimos antes de que el miedo, las prohibiciones o las heridas nos convencieran de que debíamos permanecer detrás del arrecife.
Salí de la sala con una sonrisa, con The Rock todavía ocupando una zona considerable de mi pensamiento y con unas ganas inmensas de coger el primer avión rumbo a Hawái. De perderme descalza por las playas de Oahu, sin más posesiones que mi verdadera fortuna: mi experiencia, mis historias y mis ganas intactas de conocer y amar a gente nueva.
Porque hay películas que terminan cuando se encienden las luces de la sala. Y hay otras que nos dejan mirando hacia el horizonte, preguntándonos cuánto tardaríamos en llegar al aeropuerto si nos levantáramos ahora mismo y saliéramos corriendo.
Ana Nayra Gorrín Navarro.
10/07/2026.