Miguel Ángel Blanco: las 48 horas que lo cambiaron todo. Netflix

 




Con el corazón encogido y el rostro anegado en lágrimas terminé ayer de ver Miguel Ángel Blanco: las 48 horas que lo cambiaron todo, el documental de Netflix dirigido por Jon Sistiaga y Juanjo López.

A mi lado, mi hijo no dejaba de repetirme que no llorara, que todo aquello había sucedido hacía ya muchos años y que no soportaba verme así. Pero yo no siempre puedo evitarlo. Hay dolores que no nos pertenecen y, sin embargo, nos atraviesan; heridas colectivas que el tiempo no consigue cerrar del todo.

Mientras contemplaba aquellas imágenes, recordé con absoluta nitidez dónde estaba durante aquellos días terribles de julio de 1997. Miguel Ángel Blanco fue secuestrado el día 10, recibió dos disparos el 12 y murió en la madrugada del 13. España entera contuvo la respiración durante cuarenta y ocho horas, aferrándose a una esperanza que terminaría rota por la crueldad.

Yo tenía dieciocho años. Era el verano anterior al comienzo de mi vida universitaria. Había aprobado COU y la selectividad con muy buenas notas y disfrutaba de tardes luminosas en la playa de mi pueblo, rodeada de mi grupo de amigas y amigos. El mundo parecía abrirse ante mí, inmenso y prometedor, mientras en otro rincón de España un joven permanecía cautivo, con su vida suspendida de un ultimátum.

Llevaba dos años de noviazgo con quien fue mi primer amor, doce años mayor que yo y residente entonces en Barcelona. Recuerdo que aquella noche, durante nuestra habitual llamada telefónica, hablamos largamente sobre lo sucedido. Yo no dejaba de preguntarle por qué el Gobierno de España no accedía a acercar a los presos de ETA a las cárceles del País Vasco. A mis dieciocho años me parecía una condición sencilla de cumplir si con ello se salvaba una vida.

Él intentó explicármelo:

—Es una pugna de poder. ETA ha tomado como rehén a Miguel Ángel Blanco y el Gobierno sabe que, si cede ahora, vendrán después otras exigencias, quizá imposibles de cumplir. No pueden permitir que se salgan con la suya. Y, en medio de todo, un inocente acabará pagando con su vida. Pero creo que esto marcará un antes y un después. La sociedad vasca también está cansada de vivir bajo la amenaza, cansada de tanta sangre inocente derramada. ¿No viste a la gente arrodillada, con las manos en la nuca, gritando: «ETA, escucha, aquí tienes mi nuca»? Algo así nunca había ocurrido.

Y tuvo razón. Fue un antes y un después. Aquel crimen despertó una rebelión cívica, un grito inmenso contra el miedo y el silencio. Sin embargo, todavía tendrían que pasar catorce años para que, en 2011, ETA anunciara el cese definitivo de su actividad armada. Para entonces yo ya tenía treinta y dos años y mi vida se encontraba a años luz de aquella muchacha de dieciocho que conversaba por teléfono, tratando de comprender por qué la vida de un inocente podía convertirse en moneda de cambio.

Por eso es tan importante recuperar la memoria de quienes fuimos hace apenas unas décadas. Mi hijo no sabía siquiera qué había sido ETA. Vimos el documental juntos y traté de explicarle cuanto pude, porque la memoria colectiva también se hereda, también se enseña y también debe protegerse del olvido.

¿Ven por qué era necesario este documental? Muchas personas jóvenes desconocen una parte fundamental de nuestra historia contemporánea. No saben cuánto miedo se respiraba, cuánto silencio se imponía ni cuántas vidas fueron destrozadas por el terrorismo.

No dejen de verlo. Es duro, doloroso y desgarra por dentro, pero es necesario.

Porque un país que olvida su historia corre el peligro de no reconocerla cuando vuelve a asomarse.

Ana Nayra Gorrín Navarro.

16/07/2026.

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