Hija de la fortuna, tomo 1 de la trilogía La casa de los espíritus. Isabel Allende.
En la noche de ayer acabé Hija de la fortuna, de Isabel Allende, una novela que había permanecido demasiado tiempo aguardándome en la estantería y que ha terminado por recordarme por qué hay autores capaces de construir algo más que una buena historia: un territorio propio al que el lector regresa incluso después de haber cerrado el libro.
La novela comienza en el Valparaíso de mediados del siglo XIX, en el interior de una sociedad rígida, clasista y profundamente patriarcal. Allí crece Eliza Sommers, una niña de origen incierto, acogida por una familia inglesa y educada para encajar en el estrecho molde reservado a las mujeres de su tiempo. Sin embargo, basta la irrupción del amor —o de aquello que, desde la inexperiencia, confundimos con el amor— para que la aparente estabilidad de su mundo se resquebraje.
Impulsada por la pasión que siente hacia Joaquín Andieta, Eliza abandona Chile y emprende un viaje hacia California durante la fiebre del oro. Lo que comienza como la búsqueda desesperada de un hombre termina convirtiéndose en algo mucho más trascendental: la búsqueda de sí misma.
Y ahí reside, a mi juicio, la verdadera fuerza de la novela.
Eliza parte creyendo que su destino depende de encontrar a Joaquín, pero el viaje va despojándola, poco a poco, de las certezas heredadas. Cruza el océano escondida en la bodega de un barco, conoce el hambre, el miedo, la enfermedad y la violencia, pero también descubre una libertad que jamás habría podido experimentar dentro de la casa de los Sommers. Su transformación no ocurre de manera repentina ni artificiosa. Isabel Allende la construye paso a paso, mediante las pérdidas, los desplazamientos y las decisiones que obligan a la protagonista a dejar de ser la joven que espera para convertirse en la mujer que actúa.
En ese proceso resulta esencial Tao Chi’en, médico chino, sanador y compañero de travesía. Es uno de los personajes más hermosos y complejos de la novela. Su vínculo con Eliza nace de la supervivencia, crece desde el respeto y acaba contraponiéndose a la idea romántica, idealizada y casi febril que ella tenía del amor. Frente al arrebato que la llevó a perseguir a Joaquín, Tao representa la presencia, el cuidado y la lealtad. Allende parece preguntarnos, sin formularlo abiertamente, cuánto hay de amor verdadero en aquello que nos consume y cuánto en aquello que nos sostiene.
La California de la fiebre del oro aparece retratada como una tierra de promesas construida sobre la codicia, la violencia y la explotación. Miles de hombres llegan convencidos de que una pepita puede cambiar su vida, pero la riqueza soñada convive con el racismo, la prostitución, los abusos y una brutal desigualdad. El supuesto territorio de las oportunidades se convierte así en un escenario donde también se reproducen las jerarquías del viejo mundo.
Me ha interesado especialmente la mirada que la autora dirige hacia quienes suelen quedar al margen de los grandes relatos históricos: las mujeres, los inmigrantes chinos, los latinoamericanos, los trabajadores, los cuerpos explotados y todos aquellos que participaron en la construcción de una sociedad sin aparecer después en sus retratos oficiales. Isabel Allende introduce la Historia con mayúsculas, pero la contempla desde las cocinas, los burdeles, las bodegas de los barcos, los campamentos y los lugares donde la vida sucede sin pedir permiso a los cronistas.
También sobresale la pluralidad cultural de la novela. Chile, Inglaterra, China y Estados Unidos no aparecen como simples decorados, sino como mundos que se encuentran, chocan y se transforman entre sí. El desarraigo atraviesa a casi todos los personajes. Ninguno pertenece por completo al lugar en el que vive y, precisamente por eso, muchos terminan construyendo su identidad lejos de las categorías que les fueron impuestas al nacer.
La maternidad, la sexualidad, la esclavitud, la trata de mujeres, el racismo y la doble moral burguesa recorren la historia sin convertirla en un tratado. Allende integra estos asuntos en la vida de sus personajes y permite que sean sus contradicciones las que hablen. No hay aquí una división simple entre héroes y villanos: hay seres humanos condicionados por su época, capaces de amar y de dañar, de ser generosos y egoístas, valientes y cobardes.
El personaje de Rose Sommers representa muy bien esas contradicciones. Bajo la apariencia de una dama inglesa respetable se esconde una mujer con secretos, deseos y una vida interior mucho más rica de lo que la sociedad estaría dispuesta a tolerar. A través de ella, Allende muestra cómo muchas mujeres aprendieron a negociar con el poder masculino: aparentando obediencia mientras construían discretamente sus propios espacios de libertad.
La prosa de Isabel Allende posee esa cualidad suya tan reconocible: es envolvente, sensorial y profundamente humana. Hay olores, sabores, enfermedades, cuerpos, supersticiones y paisajes que parecen respirar. Su narración avanza con fluidez incluso cuando se detiene en acontecimientos históricos o incorpora numerosas tramas secundarias. En algunos momentos, la abundancia de personajes y peripecias dispersa ligeramente el núcleo emocional de la historia, pero también contribuye a crear la sensación de estar ante un gran mural poblado de vidas que se cruzan.
No considero que Hija de la fortuna sea únicamente una novela de amor ni una aventura histórica. Es, sobre todo, una novela de emancipación. El viaje de Eliza demuestra que a veces perseguimos a una persona porque todavía no sabemos que, en realidad, estamos buscando la puerta de salida de nuestra antigua vida.
Su fortuna no es el oro de California, ni siquiera el amor que creyó ir a recuperar. Su verdadera fortuna consiste en conquistar la posibilidad de elegir quién quiere ser.
Y esa idea continúa siendo extraordinariamente moderna: la libertad no siempre nos espera al final del camino como una recompensa. En ocasiones se construye mientras avanzamos, cuando ya hemos perdido el mapa, el hogar y hasta la versión de nosotros mismos que emprendió el viaje.
Ahora haré una pausa en la trilogía, cuyo orden cronológico de lectura —que no coincide con el de publicación— comienza con Hija de la fortuna, continúa con Retrato en sepia y desemboca en La casa de los espíritus. Más adelante regresaré a ella, porque hay sagas que conviene saborear sin prisas.
Esta noche (después de la euforia del partido España /Bélgica del mundial) empezaré a leer Las Galletas, de Óscar Liam Torres Rogan, atraída por las recomendaciones que hicieron las integrantes del club de lectura Las Leionas —un grupo de amigas de mi pueblo— y la librera de Librería Momo a través de Instagram. Me dispongo, por tanto, a viajar desde el Valparaíso y la California del siglo XIX hasta un pueblo del sur de Tenerife construido con memoria, supersticiones, naufragios, tomateras y voces que se resisten a desaparecer.
Ana Nayra Gorrín Navarro.
10/07/2026.