Horizontes de la civilización, de Héctor Socas Navarro



Hoy he finalizado de leer esta maravilla. Y no ha sido una lectura cualquiera para mí porque Héctor Socas Navarro es mi primo hermano. Antes de ser astrofísico, investigador y divulgador, fue aquel niño al que yo admiraba por la cantidad de horas que era capaz de pasar solo en la azotea de la casa de nuestros abuelos maternos, en La Caldera, acompañado únicamente por su telescopio y un cuaderno de notas.


Mientras los demás corríamos, jugábamos y armábamos el ruido propio de una familia numerosa, Héctor podía permanecer allí solo durante horas mirando el cielo. Creo que, de alguna manera, ya estaba buscando entonces esos horizontes que muchos años después terminaría convirtiendo también en materia de reflexión.


Horizontes de la civilización parte de una idea especialmente sugerente: estamos muy acostumbrados a imaginar el futuro desde el miedo, pero quizá también podamos contemplarlo desde la posibilidad.


Héctor Socas se mueve en estas páginas entre la divulgación científica, la tecnología, la filosofía y la reflexión sobre nuestra propia especie. Aborda algunos de los grandes interrogantes de nuestro tiempo y de las próximas décadas: la inteligencia artificial, el cambio climático, la evolución tecnológica, el futuro del trabajo, la exploración espacial o las transformaciones que puede experimentar nuestra civilización.


Pero lo que me resulta especialmente interesante no son solo las cuestiones que plantea, sino la mirada desde la que las observa.


Su optimismo no consiste en negar los problemas ni en imaginar ingenuamente que todo terminará resolviéndose por sí solo. Al contrario: parte del conocimiento científico, contempla los riesgos y reconoce nuestras contradicciones, pero se resiste a aceptar que el fracaso de la humanidad sea inevitable. Y eso dice mucho también de Héctor.


Siempre he admirado su extraordinaria inteligencia, con un coeficiente intelectual bastante superior a la media, pero admiro todavía más a la persona que existe detrás del científico. Porque la inteligencia, por sí sola, puede impresionar; lo verdaderamente admirable es cuando además está acompañada de empatía, buenos sentimientos, coherencia y una forma profundamente optimista de mirar al ser humano.


En estas páginas reconozco mucho de él. Reconozco al científico que observa, analiza y cuestiona, pero también al ser humano que parece seguir creyendo que nuestra especie merece una oportunidad.


El libro consigue además algo esencial en la buena divulgación: acercar cuestiones complejas sin convertirlas en una demostración de superioridad intelectual. La ciencia no aparece como una barrera entre quien sabe y quien lee, sino como una herramienta para comprender mejor el mundo y, sobre todo, para hacernos nuevas preguntas. Y precisamente ahí encuentro uno de sus mayores valores.


Me gustan las distopías. De hecho, yo misma he construido una en mi novela Aguas de salvación, porque imaginar futuros difíciles también es una magnífica herramienta literaria para analizar nuestro presente, advertirnos de determinados caminos y hacernos reflexionar sobre aquello que podríamos llegar a ser. Pero existen muchas formas de mirar hacia el mañana.

La distopía nos pregunta qué ocurrirá si hacemos las cosas mal. Horizontes de la civilización parece formular la pregunta complementaria: ¿qué podríamos llegar a ser si aprendemos a hacer algunas cosas bien? Y ambas preguntas me parecen necesarias.


Por eso el título resulta tan acertado. Un horizonte es aquello que vemos a lo lejos y hacia lo que caminamos, aunque nunca podamos alcanzarlo completamente. Nuestra civilización también avanza así: entre errores, descubrimientos, amenazas, sueños y posibilidades.


Horizontes de la civilización no pretende ofrecernos una bola de cristal ni asegurar cómo será nuestro futuro. Hace algo bastante más valioso: nos invita a pensarlo.


Y después de leerlo me queda una sensación que, conociendo a su autor desde que éramos niños, me resulta especialmente hermosa: tal vez aquel niño que miraba durante horas las estrellas desde la azotea de nuestros abuelos siga haciendo exactamente lo mismo. Solo que ahora su telescopio apunta también hacia nosotros. Hacia lo que somos, hacia lo que podemos llegar a ser y hacia ese inmenso horizonte que todavía nos queda por construir.

Ana Nayra Gorrín Navarro.

08/08/2026.

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