La palabra mágica. Una vida escrita, de Isabel Allende. Reseña.
Hoy he terminado de leer La palabra mágica. Una vida escrita, de Isabel Allende, y he cerrado sus páginas con esa sensación tan hermosa de haber estado conversando con alguien que comprende una parte muy íntima de mí: la necesidad de escribir. Esa que convive con las obligaciones, con el cansancio, con las preocupaciones y que, aun así, encuentra un resquicio por el que salir a respirar.
Allende nos acerca a su relación con las palabras, a la memoria y al oficio de transformar la vida en historias. Leyéndola, una puede asomarse a las dudas y decisiones que hay detrás de los libros que después llegan a nuestras manos. A mí me ha interesado especialmente esa trastienda de la escritura, tan poco parecida a la imagen romántica de sentarse frente a una ventana y esperar a que aparezcan las musas. ¡Como para depender de que tengan libre la agenda!
Después de esta lectura, me queda claro que ha sido, en buena medida, una escritora de brújula: de las que empiezan a caminar siguiendo una intuición y van descubriendo la historia mientras la escriben. Aunque también ha recurrido a la escaleta, a ese boceto previo que permite ordenar el recorrido antes de enfrascarse en él, como en El juego de Ripper. Me gusta encontrar esa flexibilidad. Cada historia plantea sus propias dificultades y exige que aprendamos a escucharla, incluso cuando nos obliga a trabajar de una manera distinta.
También me ha llamado la atención hasta qué punto las personas reales alimentan su universo literario. Detrás de muchos personajes hay alguien a quien observó, escuchó, conoció o quiso. Después llegan las transformaciones: otro nombre, otra identidad, otro país donde vivir; rasgos de varias personas que terminan habitando un mismo cuerpo de ficción. La imaginación trabaja con lo que la vida va dejando dentro.
Y ella parece haber estado recogiendo ese material desde niña. Me queda la impresión de que ya había una escritora en aquella pequeña observadora, mucho antes de que existiera su primer libro. Esa atención a los gestos, a las conversaciones y a lo que los adultos callan también es una forma de empezar a escribir. Me enternece pensar en su tío acercándola a la lectura con apenas cuatro añitos. Cuánto puede significar un gesto así en la vida de una niña. Abrirle un libro es también darle un lugar al que podrá regresar cuando el mundo se vuelva difícil.
Pero hubo algo que me dolió especialmente: reconocer, entre sus inseguridades, esa sombra que tantas identificamos con el síndrome de la impostora. La duda que aparece y te hace cuestionar tu capacidad, tu trabajo y hasta tu derecho a sentirte orgullosa de lo que has conseguido. Pensar que una autora de su trayectoria también ha conocido esa intemperie me produjo tristeza y, al mismo tiempo, una extraña compañía.
A esa duda se añaden las voces de fuera. Allende ha recibido críticas literarias durísimas y comparaciones que la han reducido a una imitadora de Gabriel García Márquez. Ahora bien, quise averiguar si aquello respondía a un enfrentamiento entre ambos y no he encontrado un conflicto personal documentado. Ella explicó que apenas lo conocía y habló con enorme admiración de su obra y de cuánto había significado para su propia vocación. Conviene distinguir esa influencia reconocida del uso que otros hicieron de ella para restarle valor. Entrevista de 2014, reproducida por Pressenza.
Haz click aquí para leer la entrevista a la que me refiero:
No creo que toda crítica desfavorable a una escritora sea machista. Sí creo que debemos preguntarnos por qué seguimos midiendo de manera diferente lo que escriben hombres y mujeres. La propia Allende denunció esa desigualdad: cómo el amor y las emociones podían prestigiar la sensibilidad de un autor y servir, en cambio, para descalificar a una autora por sentimental. Incluso utilizó El amor en los tiempos del cólera, un libro que admiraba, para explicar esa doble vara de medir.
Y yo me pregunto: ¿hasta cuándo tendremos que seguir justificando nuestra voz? Podemos admirar a quienes nos precedieron y tener algo propio que contar. Podemos escribir sobre el amor, sobre una madre, sobre una pérdida, y estar hablando también de las estructuras que sostienen o destruyen una sociedad. La intimidad tiene una profundidad inmensa. Quien la desprecia quizá no se ha detenido a mirarla.
Recomendaría esta lectura a quienes sienten curiosidad por el oficio de escribir y a quienes desean acercarse a la mujer que hay detrás de tantas historias. Yo la termino con ganas de seguir escribiendo, incluso con mis dudas a cuestas. Porque también se escribe así: con miedo, con cansancio y con una fe obstinada en aquello que necesitamos contar.
Esta noche empezaré Mil cosas, de Juan Tallón, por recomendación de unas buenas amigas lectoras del club de las Leionas. Hay algo precioso en esa complicidad de pasarnos lecturas, de pensar en otra persona al cerrar un libro y decirle: «Este tienes que leerlo».
Hoy cierro el de Isabel Allende con gratitud. Esta noche abriré otra historia. Y entre ambos libros seguirá latiendo mi propia necesidad de escribir.
Ana Nayra Gorrín Navarro.
20/09/2026.

