Al final de la escalera y mi último examen de Derecho después de la decisión final
No sé si quienes me leen han estado alguna vez en el edificio de la UNED de La Laguna. Tiene una escalera que, cada vez que la miro en mi recuerdo, se me aparece como la de una película de terror de los años ochenta. Una de esas escaleras que no solo se suben con las piernas, sino también con la garganta, con el estómago encogido, con todo lo que una arrastra por dentro cuando todavía no sabe muy bien si está obedeciendo a su vocación o a las expectativas ajenas.
Dicho esto, quiero dejar claro que el edificio es precioso. Tiene un patio central lleno de luz, de aire, de esa claridad antigua que parece hecha para pensar mejor las cosas. No es un lugar sombrío, ni mucho menos. Pero hay espacios que se quedan grabados en la memoria no por lo que son, sino por lo que una vivió dentro de ellos. Y estoy segura de que muchas personas que han hecho exámenes en la UNED de La Laguna recuerdan esa escalera, porque para llegar a la mayoría de las aulas hay que subirla. Como si antes de enfrentarte al examen tuvieras que atravesar una pequeña prueba iniciática. Como si el conocimiento, allí, estuviera siempre un piso más arriba.
Este post me devuelve a algunos años atrás, cuando todavía intentaba terminar la carrera de Derecho, esa carrera que había dejado casi al final, cuando ya solo quedaban unas pocas asignaturas pendientes. Pero hay asignaturas que no se quedan simplemente pendientes: se enquistan, se vuelven una piedra dentro del zapato, un nudo en la garganta, un alimento seco que alguien mastica con la boca abierta mientras tú sufres un ataque profundo de misofonía. Algo que ya no nutre, sino que violenta. Algo que el cuerpo rechaza aunque la cabeza insista en decirte que debes seguir.
Aquel día iba a examinarme de Derecho Procesal II. Y, paradojas de la vida, aprobé aquel examen con un 9,50 sobre 10. Lo aprobé casi de manera obscena, como si la vida quisiera reírse un poco de mí, o ponerme delante una última prueba: demostrarme que podía hacerlo justo cuando yo ya había decidido que no quería hacerlo más.
Porque la decisión la había tomado un mes antes, mientras preparaba aquel examen después de mis jornadas de trabajo, cuando llegaba a casa con la cabeza llena de nóminas, facturas, responsabilidades, cansancio y vida real. Un día entendí, con una claridad que no necesitaba aplausos ni permisos, que ya no quería terminar Derecho. Que no quería ser abogada. Que no quería seguir caminando hacia una identidad que quizá en otro tiempo me había pertenecido, pero que ya no me esperaba al final de ningún pasillo.
Para entonces ya había estudiado el ciclo superior de Gestión de Recursos Humanos por la Universitat Oberta de Catalunya y, antes, el de Técnico Contable por el Centro de Estudios Financieros. Con eso iba a ganarme la vida. Con eso podía sostener mi casa, criar a mi hijo, pagar facturas, respirar. Y renunciaba, sí, a una carrera que había estado a punto de terminar. Renunciaba a ponerme una toga, a entrar en juzgados como quien entra en una promesa antigua, a convertirme en esa versión de mí que otros quizá habían imaginado con más entusiasmo que yo.
Mi familia nunca apoyó aquella decisión. Para ellos era una locura dejar Derecho tan cerca del final. Y lo entiendo. Desde fuera, abandonar algo cuando ya casi lo tienes parece una derrota. Pero desde dentro, a veces, seguir es la verdadera derrota. Porque hay metas que se convierten en jaulas. Hay sueños heredados que una confunde con deseos propios. Hay caminos que se empezaron con una mujer dentro y se terminan con otra completamente distinta intentando caber en el mismo traje.
Y el timón de aquel barco, con tormenta o sin ella, lo llevaba yo.
Volviendo a la escalera, recuerdo perfectamente estar delante de ella y pensar en Al final de la escalera, aquella película cuyo título original es The Changeling. Recuerdo el miedo que me produjo verla y cómo, de pronto, ese miedo se parecía demasiado al que yo sentía ante aquel examen. No era solo miedo a suspender. Era algo más hondo, más infantil y más feroz. Era miedo escénico. Era el cuerpo anticipando el juicio. Era la sensación de que cada examen oral de Derecho me colocaba ante un tribunal invisible mucho antes de entrar en el aula. Como si no se evaluara solo lo que sabía, sino mi derecho a estar allí.
Hoy, con mi madurez de 47 años, miro hacia atrás y pienso que quizá todo se habría solucionado con una buena terapia. Tal vez un psicólogo experto en miedo escénico y ansiedad ante los exámenes orales me habría dado herramientas para no temblar por dentro cada vez que tenía que demostrar lo que sabía. Tal vez habría terminado la carrera. Tal vez habría sido abogada. Tal vez otra Ana Nayra, en una vida paralela, camina hoy por los juzgados con una carpeta bajo el brazo y los tacones sonando sobre el suelo como una sentencia.
Pero esta soy yo.
La que eligió otro sendero.
La que entendió que no todas las renuncias son fracasos. Algunas renuncias son actos de lucidez. Algunas son la forma más honesta que tenemos de salvarnos a tiempo.
Si hubiese acabado Derecho y me hubiese convertido en abogada, probablemente habría pasado muchísimo menos tiempo con mi hijo. La abogacía, sobre todo al principio o cuando se ejerce de oficio, exige una entrega casi total. Horas, guardias, llamadas, urgencias, juzgados, escritos, plazos, noches partidas. Y yo ya tenía una vida que no podía partirse más. Ya era madre. Ya era madre soltera. Ya sabía que mi hijo no necesitaba una madre heroica en los papeles, sino una madre presente en la mesa, en las tardes, en los fines de semana, en los deberes, en las fiebres, en las pequeñas conversaciones que sostienen una infancia.
Mi trabajo me permitió eso. Me permitió tener tardes y fines de semana libres. Me permitió estar. Y estar, cuando una cría sola, no es poca cosa: es una forma de amor, de resistencia y de arquitectura emocional. Es levantar una casa con las manos aunque nadie te haya enseñado a hacerlo.
Por eso, cuando pienso en aquella escalera, ya no la veo solo como una escalera de miedo. La veo también como un umbral. La subí para hacer un examen, sí, pero en realidad estaba subiendo hacia una despedida. Hacia la última vez que intentaría convencerme de que debía ser alguien que ya no quería ser. Hacia la confirmación de que podía aprobar incluso aquello que había decidido abandonar. Y eso, aunque parezca contradictorio, me dio paz.
Aprobé Derecho Procesal II con un 9,50. Me quedaban solo unas pocas asignaturas para llegar a acabar la carrera. Y aun así me fui.
Porque a veces la victoria no consiste en quedarse hasta el final, sino en saber cuándo salir de una habitación que ya no tiene aire para ti.
Ana Nayra Gorrín Navarro.
