Oasis: un espejismo de irrealidad, machismo y clichés

 Hace unos días vi en Netflix Oasis. Llegué a la serie casi por una cuestión de reconocimiento territorial: en el avance que la plataforma había seleccionado para mí aparecían los acantilados de mi pueblo y algunos paisajes inconfundibles de Tenerife. Fue suficiente para despertar mi curiosidad. Cuando una isla tan acostumbrada a ser escenario empieza a asomarse a la pantalla, quienes vivimos en ella sentimos el impulso inevitable de mirar con atención qué parte de nosotros han decidido mostrar.


No voy a detenerme en el trabajo interpretativo. El reparto cumple con solvencia y defiende a sus personajes con la intensidad que exige la trama. Mi reflexión se dirige hacia otro lugar: el imaginario que la serie construye alrededor de los cuerpos, las relaciones entre mujeres, la masculinidad y la propia representación de Tenerife.

Resulta llamativa la diferencia de estatura entre los actores y las actrices. Ellos son visiblemente más altos, más corpulentos, más imponentes. Ellas aparecen menudas a su lado, como si la composición visual necesitara engrandecer la presencia masculina y reducir físicamente a las mujeres. El cine y la televisión llevan décadas utilizando los cuerpos como parte del relato, y estas elecciones rara vez son inocentes. La imagen también educa, jerarquiza y perpetúa modelos.

Los personajes masculinos exhiben grandes dosis de machismo, especialmente uno de los antagonistas. Sin embargo, la serie tampoco concede a sus mujeres un espacio verdaderamente libre de esos códigos. Las amigas compiten, se traicionan y se observan desde la rivalidad. Bajo la superficie de una amistad aparentemente idílica se esconden celos, resentimientos y puñaladas que emergen en cuanto el conflicto aprieta. Una vez más, la ficción recurre a la vieja fórmula de enfrentar a las mujeres entre sí, como si la sororidad careciera de fuerza dramática y únicamente la rivalidad pudiera sostener una historia.

A ello se suma una selección de actrices extremadamente delgadas, tan uniforme que termina por expulsar de la pantalla la diversidad corporal que existe en la vida real. Los cuerpos normativos continúan ocupando casi todo el espacio de la ficción mientras la mayoría de la población permanece condenada a la invisibilidad, al papel secundario o al personaje construido alrededor de su peso.

¿Cuándo veremos en la pantalla cuerpos distintos sin que su tamaño se convierta en conflicto, argumento o caricatura? La diversidad corporal no necesita una explicación narrativa. Existe. Camina por nuestras calles, trabaja, ama, desea, envejece y protagoniza vidas completas. El audiovisual debería comenzar a mirarla con la naturalidad con la que forma parte del mundo.

La representación de Tenerife también merece una reflexión. El resort de lujo que da nombre a la serie, Oasis, está recreado en el Hotel Meliá de Alcalá. El escenario resulta espectacular, pero encierra a la isla en una burbuja de privilegio destinada a personajes de enorme poder adquisitivo.

La Tenerife que aparece en la serie es una isla de hoteles exclusivos, piscinas infinitas, villas deslumbrantes y paisajes cuidadosamente elegidos para acompañar la vida de los ricos. Quedan fuera los pueblos, las medianías, los barrios, las plazas y los caminos donde se conserva buena parte de nuestro carácter. No vemos el casco de Santiago del Teide, Tamaimo ni tantos otros lugares que contienen una belleza menos ostentosa y mucho más verdadera.

Esa ausencia me parece una oportunidad perdida. Los personajes podrían haber alquilado un coche en algún episodio y recorrer la geografía real de Tenerife. Podrían haberse adentrado en sus pueblos, detenido en un bar de carretera, atravesado un pinar, conversado con la gente del lugar o descubierto que la isla posee una identidad que va mucho más allá de servir como decorado para unas vacaciones de lujo.

Tenerife no debería aparecer únicamente como paraíso de las élites. También es territorio, memoria, esfuerzo, agricultura, acento, emigración, volcanes y vida cotidiana. Mostrar esa diversidad habría enriquecido el relato y democratizado la mirada del espectador. Habría permitido que la isla dejara de ser una postal exquisita para convertirse en un personaje con alma propia.

En cuanto a la trama, la serie parte de una premisa con capacidad para sostener la intriga. Sin embargo, su arco narrativo pierde fuerza a medida que avanza. Los dos últimos episodios me resultaron innecesarios. La historia estira el suspense hasta desgastarlo y termina rompiendo el delicado pacto de atención que había establecido con el espectador.

La intriga necesita tensión, ritmo y revelaciones administradas con precisión. Cuando se prolonga de manera artificial, deja de provocar expectación y comienza a generar cansancio. Eso es lo que ocurre en el tramo final de Oasis: el misterio, en lugar de crecer, se diluye entre giros y prolongaciones que parecen responder más al deseo de alargar la serie que a las necesidades orgánicas de la historia.

Oasis posee una factura visual atractiva, un reparto eficaz y el privilegio de estar rodada en uno de los territorios más cinematográficos del mundo. Sin embargo, su mirada sobre los cuerpos, las mujeres y Tenerife resulta demasiado estrecha. La serie contempla la isla desde la terraza de un hotel de lujo, cuando bastaba alejarse unos kilómetros para encontrar una realidad mucho más rica, compleja y hermosa.


Ana Nayra Gorrín Navarro. 

28/06/2026.

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