¿Por qué dices que eres escritora si tú no vives de escribir? ¡Tú vives de ser contable!
Esta es la lógica de alguien muy cercano a mí que me aplastó el corazón con una afirmación tan categórica como injusta. Ahora bien… abro melón:
Una mujer que pinta cuadros increíbles, pero que jamás ha vivido económicamente de ello porque su sustento procede de su empresa, ¿deja por eso de ser pintora? Ahí están sus obras, atestiguando lo que es, aunque no comercialice con ellas o aunque no haya conseguido vivir de su arte.
Una mujer que canta, que tiene una voz extraordinaria, pero que no ha conseguido que ninguna discográfica la fiche o que no ha sido elegida en los castings a los que se presenta por cualquier capricho del azar, ¿deja por eso de ser cantante? Ahí están las grabaciones de sus interpretaciones, ahí queda la huella de su voz en internet, como evidencia de su talento, aunque no haya logrado vivir solo de eso y tenga que trabajar en otras cosas para pagar sus facturas y sostener su vida.
Entonces, si yo he escrito y publicado seis novelas y un poemario, y ahora ya he terminado mi séptima novela y estoy en proceso de publicarla, ¿a partir de qué número exacto de libros publicados se considera que una persona es escritora? ¿Hay una ventanilla oficial? ¿Un carné? ¿Un sello dorado que diga: “Enhorabuena, a partir de la novela número ocho ya puede usted llamarse escritora sin pedir disculpas”?
Yo me considero escritora. Y no por arrogancia, sino por hechos.
Porque escribo desde que tengo uso de razón. Porque contar historias a través de la palabra escrita siempre ha sido una constante en mi vida. Porque tengo libros publicados, lectores, una comunidad que me acompaña, reseñas visibles de personas que no me conocen de nada y que, aun así, se han tomado el tiempo y la molestia de leerme, valorarme e incluso recomendar alguna de mis novelas. Eso no se improvisa. Eso no cae del cielo.
Si tuviera dinero, tal vez podría pagarme un agente editorial, invertir en una campaña potente de marketing y llegar a grandes editoriales incluso con mi particularidad de identidad canaria y mi forma de escribir en canario, usando, por ejemplo, el ustedes en lugar del vosotros. Pero soy de clase media tirando a pobre y vivo con lo justo. Las regalías de mis libros, pagadas una vez al año, me permiten tener un dinero extra durante el año. Ahora mismo está claro que no vivo de escribir, pero tengo 47 años y no pierdo la esperanza de poder hacerlo algún día. Tal vez cuando ya esté jubilada de mi profesión contable, quién sabe. Hay muchos escritores que fueron reconocidos tarde, como Penelope Fitzgerald, que empezó su carrera literaria después de los 50 y ganó el Booker Prize; Laura Ingalls Wilder, que publicó su primer libro a los 65 años; o Frank McCourt, que publicó Las cenizas de Ángela a los 66.
La vida creativa no siempre coincide con la vida económica. A veces una trabaja en una oficina para poder pagar la luz, la comida, la hipoteca, los recibos y, de paso, financiar sus propios sueños. Porque escribir también cuesta dinero: corrección ortotipográfica, maquetación, cubiertas, booktrailers, presentaciones, ejemplares, envíos, promoción… Todo eso me lo he pagado yo de mi bolsillo, con mi trabajo de contable. Y eso no me hace menos escritora. Me hace una escritora que, además, se mantiene en pie en el mundo real. Que tampoco es poca cosa.
Lo que me duele no es solo la frase. Lo que me duele es la ligereza con la que alguien puede tirar por la borda años de esfuerzo, horas sentada escribiendo, tiempo robado al descanso, dinero invertido, ilusiones, disciplina, aprendizaje y una parte muy profunda de mi identidad. Y lo más irónico de todo es que esa persona ni siquiera se ha leído un libro mío. Como suele pasar, por desgracia, con quienes critican ferozmente a un artista: hablan desde fuera, desde la barrera, desde la comodidad de no haber creado nada y, aun así, se permiten dictar sentencia.
Si nunca has creado algo, no critiques con desprecio a quien sí lo ha hecho. No minimices una vocación solo porque todavía no paga todas las facturas. No confundas rentabilidad con identidad. No confundas éxito comercial con legitimidad artística.
La escritura es una de las bellas artes. Y quien escribe, quien sostiene una obra, quien publica, quien construye un universo con palabras, quien deja libros detrás de sí, es escritor o escritora. Venda más o menos. Gane más o menos. Viva de ello o tenga que fichar cada mañana en otro trabajo para poder seguir creando.
Yo vivo de ser contable, sí. Pero también he sido siempre escritora. Y una cosa no borra la otra.
Ana Nayra Gorrín Navarro.
07/06/2026.
